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El valor del voto

CUALQUIERA SEA SU RESULTADO, las elecciones presidenciales que hoy terminan tienen una validez y una preeminencia que no nos cansaremos de resaltar.

19 de junio de 2010 – 06:00 p. m.

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Los colombianos elegimos hoy al futuro primer mandatario, es cierto, pero también celebramos que el Estado Social de Derecho existe en nuestro país, pese a que hasta no hace mucho se pretendiera imponer el Estado de Opinión.  Vendrá un Presidente al que le estará permitido gobernar dos veces consecutivas, si cuenta para ello con el apoyo popular requerido. Pero se ha cerrado  la posibilidad a una reelección indefinida. Y eso, lo repetimos hoy, bien vale una fiesta.

La campaña por la Presidencia que culmina, tan diferente de las que habíamos visto,  deja atrás meses de incertidumbre al vaivén de las encrucijadas del alma del presidente Uribe y el silencio deliberante de las instituciones. Hubo tiempo para la discusión. Hay incluso quienes estiman que la exposición mediática de los candidatos fue superior a la de cualquier otra contienda electoral.  Pese a que en algún momento hizo carrera el lugar común que planteaba que no se estaban discutiendo los temas que le eran realmente importantes al país y que, por el contrario, los rifirrafes habituales copaban las planas de los periódicos e informes noticiosos, al final fue bastante lo que pudimos conocer de sus propuestas.

Finalmente, tras intensas correrías por el país, varios discursos, muchas entrevistas y no menos debates televisivos y radiales, los colombianos eligieron a Juan Manuel Santos, del partido de la U, y a Antanas Mockus, del Partido  Verde, como finalistas. Las predicciones le son ampliamente favorables a Santos, quien logró una apabullante victoria sobre su inmediato rival en la primera vuelta y desde entonces sumó  apoyos políticos bajo la sombrilla de su propuesta de unidad nacional, frente a la iniciativa  de un frente ciudadano sin apoyos partidistas que planteó su rival. Y esa sensación de que  el resultado  está definido ha hecho que algunos consideren la jornada de hoy como un asunto de trámite que desvaloriza  la importancia del voto.

Tremenda equivocación la de quienes así piensan. Y no solo porque el triunfalismo o el derrotismo anticipados puedan generar sorpresas insospechadas de último momento. Aun si los pronósticos se cumplieran, el voto de hoy —e incluso la abstención activa, esto es, como propósito político y no por  simple desgano— tiene  enorme valor. Bien para ratificar y hacer sólido el mandato de Juan Manuel Santos o  bien para hacer significativo —y por lo mismo ineludible para un Santos ganador— la propuesta de principios que cautivó a un número inusitado de seguidores del candidato Mockus.

Y para quienes, en todo su derecho, no se sientan identificados con las posturas políticas de Santos o de Mockus, vale recordar, como lo hiciera magistralmente el recién  fallecido José Saramago en su novela Ensayo sobre la lucidez, que una alta votación en blanco es también un mensaje, contundente, de subversión pacífica. Lo dijo el Nobel de Literatura: “Un cambio democrático puede nacer del uso consciente, muy consciente, del voto en blanco. Eso sería darle un susto, un susto tremendo al sistema electoral”.

A votar, entonces, por el candidato continuista, por el de la renovación en las formas de hacer política, o por la casilla en blanco. Pero que nadie se quede sin votar, porque abstenerse sería abrirle de nuevo el espacio a la deslegitimación de nuestro sistema democrático, cuando lo que más tenemos para  celebrar hoy es que le hemos cerrado la puerta a esa posibilidad.

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