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La encrucijada egipcia

HACE UNA SEMANA EL DESTINO de Hosni Mubarak parecía definido, pues las multitudinarias protestas, la sangrienta arremetida gubernamental y el alto número de muertos y heridos, así como la presión internacional, presagiaban que las horas de rais egipcio estaban contadas.

08 de febrero de 2011 – 05:15 p. m.

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Sin embargo, en los últimos días las cosas han tendido a equilibrarse, pues la habilidad estratégica y negociadora del nuevo vicepresidente, Omar Suleiman, le ha hecho ganar oxígeno al régimen ante la disminución de la presión internacional y a pesar de que el movimiento opositor continúa en la calle.


¿Qué ha llevado a este cambio? Varios hechos ayudan a explicar lo ocurrido. En primer lugar, el que Mubarak se sacara del cubilete una carta que ha demostrado sus bondades: Suleiman. El designar a su hombre en la sombra, el espía perfecto y hábil estratega, como segundo de a bordo, le permitió, por una parte, enviar un mensaje de apertura e inicio de la transición y, por otra, proteger su legado en caso de que tenga que retirarse antes de tiempo, dejando los asuntos del estado en manos de una persona de su absoluta confianza, así como para los militares. Lo que para la mayoría de los analistas era el cadáver político del actual presidente en sus últimos estertores, para otros es más bien el segundo aire que toma Hosni Mubarak para tratar de llegar hasta las presidenciales de septiembre.


El sentar a negociar a un grupo de representantes de la variopinta oposición, entre ellos los Hermanos Musulmanes, quienes formalmente continúan ilegales como partido, fue el primer acierto. De esta manera se logró disminuir el nivel de tensión interna y, por otro lado, se atendió el requerimiento del presidente Barack Obama, quien de una posición vertical exigiendo el inicio inmediato de la transición ha venido disminuyendo la presión sobre Mubarak, dado que el actual escenario de negociación y cambios es el que más favorece los intereses de Estados Unidos, los países europeos y, muy especialmente, a Israel. Las primeras medidas anunciadas apuntan en esa dirección: el actual presidente no se presentará a la reelección, ni tampoco lo hará su hijo y delfín, Gamal. En volandas se nombró un nuevo gabinete ministerial, aparentemente más abierto, mientras renunció la cúpula del partido de gobierno. Se conformó un consejo para la reforma constitucional, en el que tiene cabida la oposición, y se anuncia la creación de una comisión que investigue las denuncias de fraude en las pasadas elecciones parlamentarias. En cuanto a medidas más efectistas, el propio presidente anunció un aumento del 15% en los salarios de los funcionarios públicos, efectivo a partir de abril, en un país donde campea el desempleo y la burocracia estatal es superior a los seis millones de personas, casi el 10% de la población.


Dentro de esta compleja situación el ejército, máximo árbitro y fiel de la balanza dado su poder y acogida popular, ha cumplido su anuncio de no reprimir a la población y, al mismo tiempo, mantenerse fiel al gobierno. Mientras haya negociaciones en camino y la protesta sea pacífica, como está sucediendo en la actualidad, su “neutralidad” será la carta fundamental para la estabilidad del régimen dado que, además, los militares mantienen estrechos vínculos con Estados Unidos.


Si la oposición ganó el primer round, el gobierno está haciendo méritos para empatar el segundo, pues Suleiman ha demostrado ser un gran operador político. La dirigencia de la oposición, que no cuenta con un sólido liderazgo, trata de adaptarse a las nuevas realidades. Figuras como Mohamed El Baradei, premio Nobel de Paz, y los representantes de los Hermanos Musulmanes han tomado la vocería de aquellos que mantienen la protesta en la emblemática Plaza de Tharir, que siguen demostrando su fuerza y capacidad de movilización con la presencia de cientos de miles de personas exigiendo el retiro inmediato de Mubarak. De la habilidad de los jugadores, más la presión de la calle, dependerá el futuro de Egipto.

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