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Habitante de la calle

A Marco Tulio Sevillano lo llamaban por el apodo de Calidoso: ese era el nivel de aceptación que este habitante de la calle se había ganado por parte de vecinos de su cambuche bogotano ubicado en la calle 39 con carrera Séptima.

15 de mayo de 2014 – 11:05 p. m.

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 Y por su cercanía al campus, también de estudiantes, profesores y empleados de la Universidad Javeriana. Se trataba de un hombre amable, un ciudadano colaborador, una suerte de ángel guardián para algunos de quienes se ganó el cariño. Pese a que no le hacía el mal a nadie (al contrario, generaba simpatías) fue quemado vivo junto con su mascota el pasado 2 de mayo y murió el viernes pasado con casi la mitad de su piel quemada de forma grave. Así no más.

La intolerancia llevada a su extremo más brutal generó un dolor inmenso en todos aquellos con quienes se cruzó Calidoso por la vida. Desde su amigo Rolo, otro habitante de la calle, quien trató de apagar las llamas que finalmente le quitarían la vida, hasta decenas de personas que llenaron las calles cercanas a la Universidad Javeriana para rendirle una especie de funeral simbólico. Con razón se ha levantado tanta indignación. Este, por supuesto, es un acto de salvajes.

El nivel de sevicia de quemar a una persona viva debe ser castigado con todo el peso de la ley. Y aunque las teorías de las autoridades sobre quién pudo haber cometido este hecho son varias, lo cierto es que esta visibilización de un acto barbárico debe servir como incentivo para perseguirlo y enjuiciarlo. Debe ser un símbolo de que no todo está perdido. Eso del lado de la justicia y la ley y el orden. Del lado humano, hay que decir la cosa sin muchos tapujos: un indigente es una persona que, de una forma u otra, refleja a la sociedad. Es un producto de ella. Es, como dijo Héctor Abad en estas páginas hace un buen tiempo, la forma de “mirarnos en un espejo sin fondo”.

Matarlo de una manera brutal como esta, de la que somos testigos todos, es también, y por supuesto, un reflejo de nuestra misma condición. De nuestro nivel de tolerancia con el hombre diferente que por distintas circunstancias ha terminado viviendo a la luz de las estrellas tirado en una calle citadina. La sociedad que tenemos, entonces, es una que permite que existan salvajes que queman vivo a otro ser humano por razones que ya rayan con lo inhumano: las más crueles prácticas de la Edad Media de hace seis siglos presentes hoy en las calles de la capital.

Este caso emblemático debe servirnos como ejemplo de lo que somos y de lo que toleramos. La visibilización de este fenómeno, el dolor que produce la empatía por otro ser humano y, sobre todo, el reconocimiento a la vida, deben canalizarse en un cuestionamiento propio sobre cómo es que tratamos a estas personas: el Estado, en todos sus niveles, instituciones y ciudadanos, pueden hacerse esta pregunta desde hoy.

Este tipo de actos, que agreden a la sociedad entera, no sólo tienen que ser castigados por los códigos y los policías y las rejas de una cárcel, sino que, también y sobre todo, deben contar con el rechazo de una ciudadanía entera que se pare al frente y lo condene.

Paz en la tumba del Calidoso.

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