Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
De igual manera, y dada la compleja situación que se vive en Yemen y Bahréin, las dudas aumentan ante el doble rasero que se percibe frente a estos dos gobiernos que reprimen de manera sangrienta los pedidos de libertad y democracia, así como lo que sucede en Siria. En Libia, los ataques aéreos de la coalición han asegurado una zona de exclusión aérea y frenado a las tropas de Gadafi, pero el abrir la caja de Pandora de la guerra no deja de causar desazón, así sea por una causa más que legítima. Como lo señalara Lluis Bassets, “no hay guerra buena, pero sí hay guerras justas” y este es un ejemplo perfecto luego de los genocidios en Ruanda y la antigua Yugoslavia cometidos ante la pasividad de las grandes potencias. La ONU incorporó entonces el importante concepto de “la responsabilidad de proteger” que se ha esgrimido para los casos de Darfur, “las mujeres, la paz y la seguridad”, así como en la Protección de Civiles en Conflictos Armados. Sin embargo, las preguntas que afloran ahora se relacionan con la unidad de mando y la certeza en cuanto al objetivo final de las acciones en Libia y su duración. La respuesta no es clara. Ya comenzó el despliegue naval de la OTAN para reforzar el embargo de armas y como adelanto para cuando la Organización Atlántica asuma el manejo militar bajo un mando político integrado por los cancilleres de los países involucrados, lo que consolidaría la unidad de actuación. Mientras tanto, sobre el terreno hay un estancamiento en el conflicto, dado que ni los leales a Gadafi pueden derrotar a los rebeldes, ni éstos cuentan con los medios, de momento, para derrocarlo, dejando el juego en tablas. Del lado de la coalición se reitera que el objetivo último de sus ataques no es el de eliminar al sátrapa, aunque todos desean que deje el poder, por lo cual deben cuidar que la “guerra justa” se desenvuelva dentro del mandato de la ONU, so pena de perder la legitimidad y sumar así más voces opuestas a la intervención, en especial dentro de los países árabes vecinos. Así las cosas, si ninguno de los bandos tiene la capacidad para imponerse, se especula sobre la posibilidad de terminar con un país dividido, tratando cada parte de asegurarse en estos días el mayor control territorial posible en las zonas que cuentan con petróleo y refinerías. Si esa llegara a ser la situación en el corto o mediano plazo, se alcanzaría una endeble solución temporal, pues la inestabilidad a futuro sería inevitable. Simultáneamente se agrava la crisis en Yemen, donde su presidente, Ali Abdalá Saleh, autorizó la masacre de 52 personas durante una manifestación que pedía el fin de su gobierno, lo que llevó a que buena parte de la cúpula militar y sus funcionarios diplomáticos lo hayan abandonado, por lo que los analistas creen que es casi segura su pronta salida del poder en un país de casi 25 millones de habitantes, altísimos niveles de pobreza, divisiones territoriales internas y una corrupción generalizada. Algo similar ocurre con Bahréin, donde la represión contra aquellos que piden condiciones de igualdad para los chiitas y el cambio del régimen, ha ocasionado un alto número de muertos. Estos dos países son vitales dentro de la estrategia de Washington en la región, motivo por el cual los cuestionamientos de la Casa Blanca no han sido contundentes. De otro lado está la reciente represión en Siria, país que lleva ya siete días de protestas, con un saldo cercano al medio centenar de muertos y numerosos heridos que clamaban por pan y libertad. Lo correcto debería ser actuar de manera coherente frente a todos los casos, sin anteponer los intereses estratégicos, manteniendo la coherencia entre el decir y el actuar. Pero, con demasiada frecuencia, la historia ha demostrado que al final del día no siempre lo que se hace es lo correcto.