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Desde el principio se intuyó que esto no sería fácil. Y no lo es. El problema de las cifras de tierras devueltas a los campesinos que algunas veces no cuadran (denunciadas en el Congreso hace un tiempo); el tema de la seguridad que la misma OEA ha mencionado en un informe, en donde se dice que los líderes campesinos y las personas que solicitan la restitución corren peligro. Esto último viene acompañado por los ejemplos vivos, de carne y hueso, mucho más dicientes que los informes, como la noticia de la desaparición forzada y el asesinato de Manuel Ruiz, de 56 años, miembro del Comité de Censo del Consejo Comunitario de Apartadocito, cuenca de Curvaradó, y de su hijo Samir de Jesús Ruiz Gallo, de 15 años, por paramilitares que actúan en el territorio de Curvaradó, muestras de que la cosa no es jugando.
La renuncia de Juan Manuel Ospina a la dirección del Incoder, entidad encargada de ejecutar la política agropecuaria y de desarrollo rural, fundamental también para la restitución, es el último campanazo sobre la suerte de esta política. Y no porque Ospina sea muy importante para ella (aunque, sin duda, tiene razones de respaldo para haber estado ahí), sino más por la sensación de crisis institucional que deja entrever su retiro. Hasta el momento en que se escriben estas líneas, las razones de su renuncia siguen siendo confusas. Se especula mucho: tal vez la entrada de Luis Eduardo Garzón a un estamento del gobierno que lidere la restitución, o las diferencias, acaso ideológicas, de la visión que Ospina y el ministro de Agricultura, Juan Camilo Restrepo, tienen del campo, o también razones de gestión dentro de la entidad.
Pero más allá de la especulación, lo que sí se puede analizar son los problemas en torno al tema y que esta renuncia hace visibles. Algo hay que hacer para solucionarlos. ¿Qué otros líos institucionales se esconderán detrás de esta renuncia? No sólo la ciudadanía debería saberlo, sino que el Gobierno podría focalizar muchas más políticas para sacar con éxito la reforma: encontrar los puntos centrales, como en un mapa, y dar con una respuesta a las cosas que están saliendo mal, antes de encontrar un reemplazo que se acomode a su visión. ¿Quizás establecer una meta clara de cómo se quiere ver al campo colombiano? ¿Pensar en otras fichas más técnicas para los nombramientos de estos importantes cargos? ¿Realizar una limpieza en el Incoder? Un diagnóstico acertado de la renuncia podría dar lugar a la cura de la enfermedad que la causó. Está en manos del Gobierno. Entre otras cosas por el poder de la oposición que espera cualquier tropiezo para magnificarlo.
Por lo pronto, la veeduría a la política de restitución debe incrementarse. Muchos sectores (de opinión, de la academia, de la ciudadanía) tienen los ojos puestos en ella. Como dijimos en este espacio hace casi dos meses, no se puede dejar contento a todo el mundo. Pero sí se puede, y ya es urgente, tratar los asuntos problemáticos connaturales a esta política. Que ojalá no se ahogue. Ya lo hizo en el pasado un intento igual de valioso y por males parecidos. Otra frustración sería fatal.