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Por decisión de la jueza 35 de conocimiento de Bogotá, Uribe Noguera fue condenado por los delitos de secuestro agravado, acceso carnal violento y feminicidio. También deberá pagar 100 salarios mínimos legales vigentes. Esto por haber abusado de la menor Yuliana Samboní en un caso que conmocionó al país por tocar muchas fibras de tensiones sociales irresueltas.
La jueza, al explicar la condena, dijo que la sentencia “es un llamado a que las víctimas tengan la oportunidad de hacer justicia” y le pidió a la Fiscalía que no exhibiera este caso como un trofeo, pues “no se ha ganado nada” cuando en Colombia persiste la impunidad: de 122 casos de feminicidios, menos del 10 % tuvo una sentencia condenatoria contra los implicados. También les hizo un llamado de atención a los medios de comunicación y a la sociedad por la exposición “innecesaria de las víctimas y de su dolor (…) No es el empoderamiento que se pide para las víctimas de violencia sexual”.
En términos realistas, cuando Uribe Noguera cumpla con su condena ya habrá perdido toda su vida en la cárcel. Eso reitera el argumento de que en Colombia no hace falta la cadena perpetua, además de ir en contravía del diseño del sistema penitenciario. Juvencio Samboní, padre de la víctima, en un acto que demuestra su profundo dolor, dijo que él “quería la pena de muerte”. Pero, por más entendible que sea esa posición, el sistema penal colombiano no puede funcionar motivado por las ansias de venganza. Sin entrar a hablar de todos los casos donde la justicia se equivoca, basta con pensar en la clase de sociedad por la que queremos apostar.
Especialmente porque, como lo demuestra este caso, las penas rara vez equivalen a un sentimiento de justicia satisfactorio. Debido a múltiples factores, entre ellos la visibilidad mediática, la Fiscalía pudo destinar los recursos necesarios para llevar a buen puerto la investigación principal. Sin embargo, en el país la ley general sigue siendo la impunidad, sobre todo en los casos de abuso sexual, donde operan estructuras machistas de la sociedad nacional.
Deberíamos abandonar el debate sobre la cadena perpetua, que en últimas sólo permite que el Estado llegue cuando ya se han realizado los crímenes, y adentrarnos en la conversación mucho más compleja, pero esencial, sobre cómo vamos a cortar las raíces de la desigualdad y la complicidad con estas atrocidades. La mejor manera de pensar en nuestros niños es aceptar que no hemos construido el ambiente necesario para protegerlos y que nos falta mucho trabajo al respecto. Sería una buena forma de honrar la memoria de Samboní.
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