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Aunque llegó varios años tarde, la solicitud de Zuckerberg no debería caer en oídos sordos. Es momento de que los gobiernos del mundo, Colombia incluida, se tomen en serio la expedición de normativas y la creación de agencias capaces de limitar la omnipotencia de Facebook y empresas similares (aunque no hay muchas con tanto poder y tan poca transparencia como Facebook).
Basta recordar una serie de hechos nefastos que vienen sucediendo por la incapacidad de Facebook para asumir su responsabilidad social. Millones de usuarios vieron cómo su información se filtró a una consultora política porque Facebook no supo protegerlos, elecciones en todo el mundo han sido manipuladas por la ausencia de reglas sobre publicidad política, las noticias falsas se han difundido como pan caliente y medios de comunicación han sido afectados en su viabilidad por el caprichoso algoritmo de la red social. Incluso hemos visto la ocurrencia de un genocidio para el cual un arma esencial fue la mensajería de Facebook.
Sí, necesitamos una regulación estricta. La necesitábamos, de hecho, hace tiempo. Facebook lleva varios años actuando como un supraestado concentrado de manera exclusiva en aumentar su base de usuarios y obtener más ingresos, sin asumir la responsabilidad que conlleva adquirir tal nivel de influencia.
Esta semana, en un sugestivo texto publicado por The New York Times, Chris Hughes, cofundador de Facebook, explica la magnitud del problema. Debido a la estructura interna de Facebook, el poder de Zuckerberg es absoluto. Es él “quien decide cómo configurar los algoritmos de Facebook para determinar lo que sus usuarios ven, qué configuración de privacidad pueden elegir, qué mensajes se permiten enviar (…) cuáles son las reglas para distinguir los discursos violentos e, incluso, puede decidir bloquear a la competencia comprándola, bloqueándola o copiándola”.
En síntesis, Zuckerberg, sin competencia alguna, controla una serie de factores que afectan el día a día de más de 2.000 millones de personas, incluyendo las dinámicas democráticas y políticas de los países en los que residen. “Nunca en la historia”, escribe Hughes, alguien había tenido tanto poder como Zuckerberg “para monitorear, censurar e incluso controlar la conversación de estos 2.000 millones de personas”.
Aunque Hughes propone una solución que nos parece excesiva —forzar a Facebook a fragmentarse en varias empresas independientes—, sus denuncias no pueden caer en saco roto. Necesitamos regulaciones efectivas y agentes reguladores que conozcan el tema y tengan las herramientas para presionar a empresas del tamaño de Facebook. Ese es el gran reto del presente y el futuro de nuestra democracia.
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