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La guerra de agresión que hace más de un mes inició Vladimir Putin contra Ucrania se le sigue complicando al autócrata ruso. Lo que, según sus cálculos, debió ser un contundente golpe y el derrumbe del gobierno y el ejército del país vecino ha terminado siendo lo contrario. La tenacidad del presidente Volodímir Zelenski y la férrea resistencia de las fuerzas armadas no le han permitido a Moscú someter a los ucranianos a su antojo. Las fuertes sanciones económicas adoptadas por Occidente han tenido un impacto directo en la línea de flotación de la economía rusa y la reciente visita del presidente Joe Biden a Polonia demuestra el compromiso con Zelenski.
El viaje de Biden envía un mensaje muy claro a Moscú, y es que se mantendrá el suministro de material militar a Ucrania, sin involucrar soldados allí, y al mismo tiempo se refuerza la línea roja que tiene la OTAN en caso de que uno de sus países miembros sea atacado. A pesar de las amenazas reiteradas por Putin de usar la fuerza nuclear si fuera del caso, Biden ha respondido que el bloque militar atlántico está dispuesto a llegar hasta las últimas consecuencias con tal de frenar las pretensiones expansionistas de Rusia. El ocupante de la Casa Blanca fue más allá al decir que su par ruso es un “carnicero” y “no puede permanecer en el poder”.
Ante las dificultades encontradas, el alto número de civiles muertos, los cerca de 15.000 soldados rusos que se estima han fallecido y los obstáculos a las conversaciones con Ucrania, el Kremlin insiste en decir que los planes de guerra se desarrollan acorde con lo planeado. Según esta lógica, el objetivo de Moscú nunca ha sido el de conquistar el país, cosa que el mismo Putin ha dicho con anterioridad como parte de recuperar los territorios perdidos con el desmembramiento de la URSS, sino asegurarse el control de la región del Donbás, junto al mar Negro, para lograr así la separación de las supuestas repúblicas independientes de Donetsk y Lugansk.
Europa y los Estados Unidos no dan credibilidad a las cambiantes prioridades de Moscú. Las sanciones económicas han hecho mella en la no muy sólida economía rusa. El rublo se ha derrumbado, escasean ciertos alimentos básicos y la desinformación, manipulada por el gobierno, no le permite al ciudadano de la calle entender cuál es la real dimensión de la crisis. Ante la censura, los medios de comunicación occidentales han optado por salir del país y los periodistas locales que hablen de guerra se arriesgan a sufrir penas de 15 años de prisión. A pesar de que Putin maneja a Rusia con mano de hierro, el descontento sigue en aumento y el número de presos por protestar aumenta día a día.
Putin, se ha dicho con razón, perdió esta guerra desde el momento mismo en que la inició. Ha seguido un plan que evoca lo que hizo Adolf Hitler con Checoslovaquia y luego con Polonia, en 1938, antes del inicio de la Segunda Guerra Mundial. De allí la importancia de frenar este ímpetu expansionista de un autócrata que acabó con la democracia en su país y ahora quiere hacer lo mismo con Ucrania. Dado que Occidente se ha cuidado de arrinconarlo, ante el temor nuclear, la única y real salida que le queda al ocupante del Kremlin es la de buscar una salida negociada. Continuar este desastre le está saliendo muy costoso y las consecuencias futuras son aún peores.
Zelenski ya dejó claro que no hay opción de solicitar el ingreso a la OTAN, uno de los supuestos argumentos de Putin para iniciar la guerra de agresión; pero también ha sido enfático en decir que no aceptará que Rusia se apropie de los territorios que ha conquistado entre la península de Crimea, anexada de forma ilegal por Moscú, y la región del Donbás. Lo urgente para Ucrania es que haya un alto al fuego inmediato y que se intente, una vez más, el camino del diálogo directo bilateral o con la mediación de un tercer país. El número de muertos y la destrucción deben cesar.
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