La madurez de las empresas tecnológicas

Uno no puede pretender ser un supraestado sin proteger a sus usuarios y entender su rol en la democracia y la salvaguarda de los derechos individuales. / Foto: Bloomberg.
Uno no puede pretender ser un supraestado sin proteger a sus usuarios y entender su rol en la democracia y la salvaguarda de los derechos individuales. / Foto: Bloomberg.

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Los gigantes de la tecnología han recibido durante muchos años un pase gratuito de las autoridades gracias a las promesas realizadas. No en vano, el mundo ha visto un desarrollo económico sin precedentes gracias a la innovación que sale de estas industrias, lo que a su vez ha representado para compañías como Google, Tesla, Apple y Facebook obtener una reputación entre la ciudadanía como los salvadores del futuro. Sin embargo, las últimas dos semanas, acompañadas por varios desastres, han sido una llamada de alerta: llegó el momento de madurar.

La Bolsa de Valores de Nueva York termina un par de semanas bien difíciles, con caídas repentinas muy drásticas y ligeros repunteos. Aunque un factor innegable ha sido la amenaza de Donald Trump de iniciar una guerra comercial, el desplome ha sido provocado por la crisis en varias empresas tecnológicas. Como contó El Espectador, Facebook, Nvidia y Tesla, por mencionar algunos ejemplos, vieron sus acciones reducirse drásticamente después de llevar varios meses de crecimiento constante.

Esto significa que los inversionistas y analistas consideran que, por fin, es momento de que estas empresas dejen de manejarse a través de liderazgos irresponsables. Facebook, dirigida por Mark Zuckerberg, está en medio de una crisis precisamente porque su afán por expandirse y obtener la mayor cantidad de recursos posibles permitió la manipulación masiva del electorado estadounidense a través de una vulnerabilidad en la privacidad. Las críticas contra la red social se centran sobre todo en esa incapacidad de cumplir con las responsabilidades globales que adquirió: uno no puede pretender ser un supraestado sin proteger a sus usuarios y entender su rol en la democracia y la salvaguarda de los derechos individuales.

Pero, así como la red social se desmorona, estas semanas también vimos manchas en las promesas tecnológicas de Silicon Valley. Durante varios años los carros autónomos han sido promovidos como la próxima gran revolución y, en efecto, lo serán. Si llegan a concretarse van a cambiar la planeación de las ciudades, la industria automotriz y muchos otros aspectos de la vida diaria de las personas. Pero todo eso se enfrenta a un obstáculo gigante: un vehículo autónomo de Uber arrolló a un transeúnte. Aunque los hechos están siendo investigados, la tragedia es un llamado a que las autoridades regulatorias dejen su pasividad con las empresas tecnológicas.

Eso es precisamente lo que están viendo los analistas del mercado. Las empresas tecnológicas llevan mucho tiempo evitando la regulación, pero es momento de que los Estados entren a cerciorarse de que el poder que están ejerciendo no esté desaforado. Europa ha venido tomando serias medidas para regular la protección de la privacidad y cerciorarse de que la recolección de datos no sea indiscriminada. En Estados Unidos es probable que se regule la publicidad en internet y que Facebook y Twitter tengan que responder por su rol en el fiasco de la influencia rusa.

Nos parece que la regulación llega en buena hora. No se trata simplemente de redes sociales; hablamos de empresas que están construyendo satélites y cohetes, planeando colonizar otros planetas, revolucionando los mercados e interconectando al mundo. Cuando cae Uber, por ejemplo, arrastra a decenas de otras compañías en distintos sectores que tienen relación con ella. Cuando Facebook modifica su algoritmo, las elecciones resultan de una manera y no de otra. ¿Queremos, de verdad, que ese poder no sea discutido más abiertamente, que los ciudadanos no tengamos voz ahí?

¿Está en desacuerdo con este editorial? Envíe su antieditorial de 500 palabras a yosoyespectador@gmail.com.

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