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Días después se lamentó por los graves costos que asume Venezuela frente al mismo. Ante tan flagrante contradicción cabe preguntarse por la situación de una frontera que se convierte con rapidez en refugio de guerrilleros y escenario de complejas redes de contrabando y narcotráfico.
Durante un consejo de seguridad, cuatro días después de que guerrilleros de las Farc asesinaran a ocho soldados en la serranía del Perijá —a menos de dos kilómetros de la frontera con Venezuela—, el presidente Uribe le pidió directamente a su homólogo venezolano colaboración, pues la “inteligencia militar colombiana” indicó que el grupo de guerrilleros que perpetró el ataque “provino del territorio de la hermana República y allá se refugió”. Frente a estas demandas, tanto el presidente Chávez como la Cancillería del vecino país respondieron que la guerra “reside exclusivamente en Colombia y ha de ser resuelta por los colombianos de forma soberana e independiente”.
Hacer caso omiso para evitar el contagio de un conflicto que se desarrolla “exclusivamente en Colombia” es paradójico cuando la presencia de guerrilleros en territorio venezolano es patente. Decenas de venezolanos son secuestrados a manos de grupos guerrilleros en las regiones fronterizas. Tan sólo el pasado 2 de mayo la Guardia Nacional de Venezuela deportó a cinco colombianos capturados en ese país, pertenecientes todos a la guerrilla del Eln. Ese mismo día el propio presidente Chávez formuló en tono retórico la siguiente pregunta, a través de su Programa ¡Aló, presidente’: “¿Cuántas vidas nos ha costado patrullar la frontera? Vean ustedes lo que nos cuesta el conflicto interno de Colombia”.
Las guerrillas colombianas permean el territorio venezolano y no podrá combatírseles de “forma independiente”. Por la frontera circulan indistintamente desde guerrilleros hasta gasolina de contrabando y armas. También pululan las rutas de narcotráfico. La frontera, pues, es porosa.
Semana a semana se reportan incautaciones de miles de galones de combustible de contrabando extraído de tubos ubicados en territorio venezolano. Se reportan, igualmente, incautaciones de armas de fuego de diferentes calibres provenientes del vecino país, con destino a los departamentos fronterizos. El espacio limítrofe se consolida como paraíso de la delincuencia común. El tráfico de estupefacientes y el consecuente afianzamiento de agrupaciones criminales dedicadas al narcotráfico —que utilizan a Venezuela como puente— se consolidan en departamentos como Norte de Santander, cuyas organizaciones criminales trafican, a través del territorio venezolano, el 85% de la heroína producida en el país.
En suma, bien haría el vecino país en asumir que los flujos ilegales que entran y salen de ambos países están conectados; que la telaraña de crimen que se teje a lo largo de la frontera no podrá ser contrarrestada si no se hace a través de acciones coordinadas.
Conviene, además, que el Gobierno colombiano enfoque su mirada en la zona de frontera, cuyo único problema no lo constituye la presencia de las Farc. Extraña por estos días, al respecto, la libertad con la que transitan por todo el departamento de Norte de Santander narcotraficantes de la talla de Luis Enrique Pérez Mogollón, alias El Pulpo, a quien el general Óscar Naranjo, director de la Policía Nacional, calificó en septiembre pasado como una “leyenda en Cúcuta” y cuya historia, en relación con el narcotráfico en la frontera, describió como “un secreto a voces”.