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El 15 de febrero próximo los venezolanos votarán en referendo si están de acuerdo o no con la reelección indefinida en su país para todos los cargos de elección popular. Lo que enrarece el ambiente político, y lo polariza aún más, es que el tema de la reelección presidencial hizo parte del paquete de reformas constitucionales que el presidente Chávez presentó y que fue rechazado por el pueblo en diciembre de 2007.
Más allá de la legalidad o la ilegalidad del ejercicio (varios recursos han sido presentados ante el Tribunal Supremo de Justicia, que aún no se ha pronunciado) y más que eso, pues las instituciones de control y de justicia están capturadas por el gobierno, de la perversa intención de querer perpetuarse en el poder, vale la pena preguntarse por qué, siendo que todavía faltan casi cuatro años para un nuevo mandato, Chávez presenta la propuesta en este momento.
El propio presidente venezolano, una vez perdido el referendo de reforma constitucional y tras haber aceptado que se debió a varios errores, siendo el principal el del factor tiempo (porque —según su visión peculiar— la sociedad no se encontraba aún lista para los cambios), anunció que para el año 2010 sometería a voluntad popular dos preguntas simultáneas fundamentales para el devenir de la Revolución: la primera, relacionada con el tema de la reelección continua y/o indefinida del presidente, y la segunda, si los venezolanos querían revocarle el mandato (por Constitución sólo pueden hacerlo tres años después de la elección).
Las hipótesis son varias. La primera es que Chávez asume que es indispensable. La institucionalización de su proyecto político no ha sido suficiente y no aparecen dentro de esta “nueva institucionalidad” cuadros de valía que puedan ser los íconos que apuntalen su proyecto en el país. Teniendo en cuenta que los ideólogos y aliados que han trasegado los caminos con él han salido de enemigos (Miquelena, Baduel, entre otros), o bien han sido destinados a labores de apoyo marginal (Rangel), la conclusión a la que parece haber llegado Chávez es la de que “la Revolución soy yo”.
La segunda, que la complementa, tiene que ver con las implicaciones económicas de la actual crisis mundial. Un referendo revocatorio para 2010, como tenía propuesto, corre el riesgo de ser afectado negativamente por la situación económica de un país que depende en buena medida de la renta petrolera con un precio incierto.
Cualquiera que sea la razón, las consecuencias de ganar o perder apoyan el argumento de que son las principales elecciones que ha vivido Venezuela en los últimos años. Si gana, puede evadir políticamente el referendo revocatorio del próximo año con el argumento de que el pueblo ya se pronunció recientemente, y debilitaría así a una oposición que hasta ahora se empieza a organizar de manera coherente.
Si pierde, las consecuencias serían aún mayores. Sería el segundo golpe político en poco tiempo que fortalecería la tesis de que el proyecto revolucionario está en decadencia y daría nuevos bríos a la oposición en un mal momento para el gobierno.
La audacia política de Chávez es por todos conocida, pero es claro que el riesgo que se juega en estas elecciones lo pone en una situación política muy comprometida. Tendremos un mes más de diatribas de la oposición por la inconstitucionalidad de la propuesta y una orientación sesgada de la oficialidad con el argumento de que en caso de perder el referendo, los programas sociales se terminarían, se privatizarían de nuevo las empresas estatales y una vez más estarían en el caótico mundo neoliberal del que se han desprendido.
Latinoamérica no ha sido un continente proclive a la reelección y menos indefinida. Ahora tenemos dos países vecinos (Colombia y Venezuela) que se enfrentan a la misma decisión, con esquemas de manejo político diferentes, pero con la misma inquietud entre sus gobernantes: Si no soy yo, ¿quién?