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A fin de cuentas, ¿por qué sus contribuyentes deben asumir la indisciplina fiscal de otras naciones? La quinta parte del trillón de dólares del paquete de ayuda que le correspondería dar a Alemania aliviaría ciertamente varios males en el interior de la frontera. Entre la reciente crisis financiera y la migración de importantes industrias a regiones menos costosas, el nivel de desocupados ha llegado a los 4,1 millones de personas. Los altos índices de desempleo han resquebrajado el ya inviable sistema de bienestar de la República Federal y han creado un malestar generalizado en la población. No es evidente, entonces, por qué ayudar a sacar a flote a países extranjeros cuando el propio todavía no se encuentra fortalecido.
La racionalidad económica obliga a responder a un cálculo costo-beneficio no muy complejo: la desestabilización de la región le traería más daño a Alemania que la desviación de sus recursos. Aunque hay quienes disienten, el consenso reside en que dejar caer un país miembro evidenciaría otra vez la fragilidad de la Unión y comprometería de nuevo la confianza en la eurozona. De esparcirse el miedo en los mercados financieros, la crisis que viviría Europa sería peor que la pasada. Esto sin añadir, por supuesto, que la posible disolución de la Unión implicaría la pérdida de un esfuerzo sostenido a lo largo de por lo menos veinte años. De aquí que los países líderes entiendan que es fundamental, no sólo calmar la turbulencia, sino garantizar que la Unión pueda funcionar en bloque. De lo contario, serían muchas y muy altas las pérdidas.
La reciente coyuntura, sin embargo, ha puesto en juego no sólo la viabilidad económica de la Unión, sino además el proyecto político que su disolución compromete. No se trata sólo de la libre movilidad de ciudadanos y de ciertos esfuerzos conjuntos en educación, sino de la forma de pensar las relaciones de un país con otro. Estamos ante un sistema cuyo equilibrio no reside en el balance de poder entre sus miembros. Lo que impera es el rechazo de la fuerza y la aceptación de reglas de comportamiento autoimpuestas. El énfasis en la negociación, la diplomacia y las alianzas comerciales deja de lado la coerción y la unilateralidad de la lógica del poder en el marco internacional.
Se argumenta recurrentemente que tal modo de relación no responde a una sociedad madura, que por mucho tiempo practicó la Machtpolitik, esa política de agresión preventiva que ocasionó tantos destrozos. Por el contrario, se tiende a creer que esta es una región débil, que se asocia como lo hacen los débiles: agrupándose. Esta forma de hacer política, sostienen analistas como Robert Kagan, fue también usual en los siglos XVIII y XIX en Estados Unidos, antes de que la Confederación alcanzara alguna importancia. Con todo, la voluntad de utilizar el poder está inevitablemente ligada a la capacidad de hacerlo, y es claro que la capacidad europea de ejercer cualquier tipo de presión económica y militar en el panorama mundial se desvaneció después de la Segunda Guerra Mundial.
En efecto, que los Estados europeos avancen por vías pacíficas hacia la consolidación de sus democracias liberales es una posibilidad gracias a que ya no son potencias. Y también influye que dos guerras mundiales en su territorio hayan hecho cambiar el conjunto de valores de una población entera, que ya no está dispuesta a derramar sangre por poder. Sea una u otra la verdadera explicación detrás de la Unión, al sur del continente americano le convendría unirse a su apuesta. La retirada de Estados Unidos como determinante en las relaciones de América Latina y la paulatina pero sólida consolidación de varias economías evidencian la necesidad de apuntalar una estrategia internacional que nos libre de conflictos regulares. La región debería omitir la costosa pretensión de la garantía por la fuerza. Debería convencerse, como lo enseña la propia Unión Europea, de que no hay paz mala ni guerra buena.