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Diez años después, una década de distancia de aquel episodio, permiten pensar con cabeza fría lo que allí ocurrió. Diez años sirven para dilucidar qué lecciones le dejó al país el impase allí vivido. Todos quienes vivieron el proceso a través de los medios saben a grandes rasgos qué ocurrió: una zona amplia de desmilitarización (sin cese del fuego generalizado) para las Farc, la suspensión de algunas órdenes de captura a los cabecillas, la silla vacía de ‘Manuel Marulanda’ el día de la mesa de concertación y, finalmente, y con este precedente, la ruptura final del diálogo.
Algo le pasó, desde ahí, a la imagen de las Farc. No solamente se degeneró muy rápida y progresivamente su antiguo semblante de alzados en armas por una causa, sino que también provocó una sensación general de no perdón y no diálogo: sólo enfrentamiento armado. La guerrilla, pues, fue la culpable de ese sentimiento guerrerista. Y sólo por eso se explica la indignación que se sintió (que sentimos, como así lo manifestamos en este mismo espacio hace un tiempo) con la carta de alias ‘Timochenko’ en la que manifestaba a Santos que “El gobierno del que usted hizo parte, se negó a abordarla (la agenda del Caguán) diez años atrás, condenándonos a todos a esta Troya sangrienta que sin toma de Ilión se apresta a repetirse”. Y es falso. Los que se negaron a abordarla fueron ellos mismos, condenándonos a más años de sangre. Por eso, así como la sociedad no ha olvidado este episodio, es prudente que la alta cúpula de las Farc no piense que es así.
Pero hay más de donde aprender. Sobre todo ahora que Santos ha planteado su famosa “llave para la paz”, con el fin de adelantar un diálogo. ¿Estará esta posibilidad cerca? Podría ser incluso exitosa si se tienen en cuenta la experiencia y los errores del pasado. Las Farc de hoy no son las mismas de ayer. Y las circunstancias (así como las exigencias) se hacen muy distintas.
Finalmente, quisiéramos mencionar otro hecho que sucedió en esos años y que no es muy comentado por los medios: las Farc se volvieron visibles, los colombianos les dimos un rostro al cuál identificar y el Estado tuvo unos hombres a los que perseguir. No sólo a los que salieron en los muchos videos que se registraron, sino, por ejemplo, a la lista de cientos de guerrilleros canjeables por secuestrados en listados extensos de más de cien personas. Esto agudizó mucho la estrategia militar.
Diez años de un episodio que marcó la historia política y de guerra de este país. Al Gobierno (tanto como a analistas, periodistas, académicos y ciudadanos) no le queda otro camino que la reflexión. ¿Cómo podríamos superar este impase e iniciar un diálogo muy diferente al de hace una década? ¿Cómo podemos adelantar una solución al conflicto que no sea por vía de la intestina guerra? ¿Podríamos, por fin, aprender de nuestros errores pasados? Y las Farc, esa guerrilla que Colombia cada día ve más como una suma de delincuentes pese a sus grandilocuentes palabras, debería plantearse las mismas preguntas. Sobre todo ahora, en pleno 2012, muchos años después de que su poder estuviera expandido y sus líderes más visibles vivos. No hay ninguna otra forma de salir de este círculo vicioso.