Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
En poco más de tres meses, Barack Obama y Raúl Castro se encontrarán durante la Cumbre de las Américas. El lunes anterior, Venezuela y Bolivia perdieron un pulso dentro de la OEA, donde hasta hace poco imponían sus mayorías. La Habana, quién lo creyera, debería evaluar su reingreso al organismo hemisférico. Vienen tiempos de cambio.
Con el acercamiento entre Obama y Castro se abrió una puerta muy importante para el continente. Desaparecido el último conflicto de la Guerra Fría en la región, lo que sigue es facilitar el camino para que, a pesar de las divergentes ópticas políticas que existen, se pueda volver a reestructurar lo que ha sido un deseo frustrado por varias décadas: contar con un espacio de concertación y diálogo hemisférico con unidad dentro de la diversidad. Hace un par de semanas esta idea con seguridad podía sonar a retórica o buenas intenciones. Sin embargo, los vientos de la historia parecen estar soplando para que la famosa rueda de la historia gire en el sentido apropiado.
Lo cierto es que el surgimiento de otros foros regionales o subregionales, como el Alba, Unasur o la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (Celac), se dio esencialmente por la no presencia de Cuba en la OEA o en las cumbres de las Américas. Se buscó así crear nuevos espacios de influencia política regional con la inclusión de La Habana, excluyendo, en el caso de la Celac, a Estados Unidos y Canadá. De hecho, América Latina y el Caribe hicieron oír su voz, en especial durante la VI Cumbre en Cartagena, donde el presidente Juan Manuel Santos asumió la vocería regional para la incorporación de Cuba. ¿El resultado? Panamá, sede de la VII Cumbre en abril de 2015, se dio la pela e invitó a Raúl Castro a participar. Y aceptó. De ahí que cuando Castro y Obama anunciaron el restablecimiento de relaciones, con el total respaldo de los gobiernos del hemisferio, quedó claro que los astros se habían alineado de la manera apropiada.
De momento, uno de los grandes perdedores de esta historia es el gobierno de Venezuela. Tanto Hugo Chávez, como Nicolás Maduro, armaron su discurso sobre la base del apoyo irrestricto a Cuba y la confrontación antiimperialista con Estados Unidos, aunque nunca han cortado el suministro de petróleo al país del norte. Ni lo harán, pues de ahí provienen los petrodólares que financian su Revolución. La misma que tiene a su país sumido en la peor crisis de la historia reciente, sin solución a la vista. De esta manera, mientras en la grandes ligas de la política regional Washington y La Habana comienzan a restañar las heridas del pasado, Caracas va perdiendo influencia a pasos agigantados. Petrocaribe, su estrategia para entregar petróleo a bajo precio a los países caribeños y centroamericanos a cambio de favores políticos, comienza a hacer agua ante la caída en picada de los precios del crudo. Si unos meses atrás Venezuela logró 23 votos dentro de la OEA para que no se escuchara a María Corina Machado, hace cuatro días tan solo logró cuatro votos para tratar de bloquear una declaración sobre el restablecimiento de relaciones entre La Habana y Washington. Vea pues.
Lo más importante, hacia futuro, es poder capitalizar la nueva situación que se vive en las Américas. Los países al sur del río Bravo han ganado un importante espacio de madurez y autonomía frente a Estados Unidos. El manejo del narcotráfico, la migración, el problema energético y otros demuestran que una relación sobre la base del diálogo y la igualdad es necesaria. Lo cual no quiere decir que no habrá puntos de desencuentro a futuro. Pero el disenso sobre la base del respeto es norma esencial del relacionamiento entre los Estados. Los tiempos están cambiando. Hay que aprovecharlos