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¿Luz verde en los cerros de Bogotá?

Los cerros de Bogotá son parte fundamental del potencial ambiental de la capital. Pero, desde la Colonia, han sido espacio de segregación social.

09 de abril de 2012 – 06:00 p. m.

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A mediados del siglo XX se convirtieron en el espacio ambiental por excelencia de la ciudad, y más tarde, con la figura de Reserva Forestal de carácter nacional, se marcó su destino hacia la principal área protegida urbana de Bogotá en el siglo XXI.

La confluencia en este territorio de tres autoridades —el hoy Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible, la CAR y el Distrito Capital— han llevado a interminables discusiones sobre las competencias de cada una de ellas, resultando en la práctica en una incompetencia del Estado para consolidar la gobernabilidad en esta importantísima zona.

Hoy, los Cerros Orientales de Bogotá son una de esas típicas áreas protegidas en el papel, de las que tantas tenemos. Los conflictos por el uso de la tierra son de fondo, y tomarán muchos años en aclararse, siendo éste un mal endémico de las áreas protegidas del país.

Pero la función del Estado en el caso de los cerros de Bogotá ha quedado allí atrapada, mientras su potencial ambiental permanece desaprovechado. Con la administración Petro, esta historia podría estar llegando a su fin. La Administración Distrital, representada por la Secretaría de Ambiente y la Secretaría del Hábitat, el Jardín Botánico de Bogotá y la Unidad Administrativa Especial de Servicios Públicos, acaba de firmar un convenio con la Fundación Cerros de Bogotá y el Instituto Alexander von Humboldt, para desarrollar una agenda que viene siendo propuesta, y en parte realizada, por organizaciones de la sociedad civil.

Se trata de crear un ‘corredor ecológico recreativo’ a lo largo de la franja entre la ciudad y los cerros, integrando las funciones de conservación ecológica con las de recreación. Es una propuesta de gestión social que potencia experiencias exitosas, como la de la quebrada La Vieja, en la localidad de Chapinero, en donde la ciudadanía les ha salido al paso a las instituciones, creando una forma de gobernanza del espacio protegido.

Se busca además llevar a la práctica la restauración ecológica y recuperación de la biodiversidad, con el Instituto Humboldt y el Jardín Botánico. Estos componentes convergen en una solución que la Fundación Cerros de Bogotá, de tiempo atrás, viene proponiendo en la vanguardia del nuevo diseño con la naturaleza, admirada ya más allá de nuestras fronteras. El proyecto iniciaría en el predio Venado de Oro, propiedad del Instituto Humboldt, y estratégicamente ubicado en el sector institucional en el centro de Bogotá.

Más allá de la voluntad expresa de una parte de las secretarías del Distrito, ésta podría ser una iniciativa bandera para recuperar los espacios del agua, que en este caso serían también de la biodiversidad. El modelo debería replicarse en el resto de los cerros de Bogotá, que no son sólo los orientales.

No es una idea improvisada, es una respuesta que, desde el Palacio de Liévano, atendería un viejo anhelo. Francisco Wiesner, visionario del acueducto de Bogotá, hacia los años cuarenta dijo de los cerros: “… la variedad de su topografía, la lozanía del follaje y la pureza de las aguas de sus arroyos, hacen de toda la región un lugar privilegiado que en el futuro podría constituir un Parque Nacional”.

Una emblemática área protegida urbana sin tantos eucaliptos, con senderos de naturaleza interpretada y con seguridad, es indispensable para una Bogotá humana de verdad. Este es uno de los puntos a rescatar dentro de los llamados ‘primeros cien días’ de la administración de Petro, que no ha sido muy publicitado y al que valdría la pena ponerle más atención.

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