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Habla muy bien del país que los ciudadanos vean en las manifestaciones pacíficas un método idóneo para reclamar sus derechos y la atención de los gobiernos. Por eso, las multitudinarias marchas que se van a realizar hoy, más allá de las peticiones individuales y las fuerzas encontradas, son un símbolo de que nuestra democracia, después de tantos años de conflicto, está encontrando una renovada vitalidad y explorando otros medios de expresión. En eso también ha ayudado, hay que decirlo, que el Gobierno, salvo algunas declaraciones desafortunadas, se ha mostrado respetuoso de las protestas y entiende que son otra manera de invitar al diálogo.
Dicho eso, también es necesario que los manifestantes entiendan que tomarse las calles y causar disrupciones presupone la existencia de un propósito claro. Abusar del recurso, o utilizarlo para plantarse en posiciones radicales o irreconciliables, es arruinar lo que hemos avanzado en el reconocimiento como sociedad del derecho a manifestarse. Si, por ejemplo, se permite que la lectura que quede de las protestas es que se está buscando hacerle presión a un Gobierno emproblemado, u obtener réditos políticos, es fácil que tomen fuerza los discursos radicales en contra de las manifestaciones.
Lo dijo el presidente Iván Duque: “Hay personas que quieren sacarle provecho político a cualquier movilización”. Es verdad. En la miscelánea de fuerzas que se citaron hoy a las calles claramente hay intereses que, más allá de conseguir transar con el Gobierno, desean aprovechar para causas propias la visibilidad que este tipo de situaciones causan. Eso, insistimos, es desarticular el propósito del derecho a la protesta.
Según se ha reportado, la marcha que busca tomarse las principales capitales del país va a incluir a los estudiantes de las universidades públicas y algunos de las privadas, el sector de los transportadores, la Central Unitaria de Trabajadores, los agricultores e incluso funcionarios de la Rama Judicial. Se esperan, por lo menos, unas 20.000 personas, lo que la volvería la mayor manifestación en el joven gobierno Duque.
Los reclamos, entonces, son variopintos. Los estudiantes llevan más de un mes en un tire y afloje con el Gobierno para llegar a un acuerdo, mientras que los otros sectores se unieron en solidaridad, pero también para hacer reclamos particulares sobre la ley de financiamiento propuesta por el Gobierno.
Nuestra invitación a los líderes de cada sector es a que no olviden la sensatez y aprovechen que tienen un Gobierno dispuesto a sentarse a la mesa. En esta construcción de nuevas formas de hacer política, no se puede desaprovechar la oportunidad histórica que hay de llegar a acuerdos y de abandonar los sectarismos impenetrables.
Si en efecto las manifestaciones de hoy son masivas y se realizan pacíficamente, quienes las convocaron tendrán la atención del país entero. Ese tipo de reflectores prenden los egos individuales, pero también son síntoma de una democracia que está en maduración. La pregunta es: ¿qué quiere lograrse? ¿Cuál acuerdo es razonable? ¿Hasta qué punto puede, en realidad, ceder el Gobierno? ¿Quién gana con alargar y alargar las manifestaciones si el Estado no tiene más para dar en este año? ¿Qué es lo que más le conviene al país?
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