Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Un estilo que además es él único que podría resultar de tal carácter. Rayo, como sus creaciones, estremece por su fuerza. La fuerza de un hombre que dominó la creación a blanco y negro porque sus recursos no le alcanzaban para una paleta más amplia y que, a pesar de su futuro incierto, rechazó por convicción una seductora beca en Madrid. “Antes de conocer a mi abuela, debo conocer a mi madre”, le dijo el joven Rayo al diplomático español cuando emprendió, sin un peso, su viaje por el Nuevo Continente.
Las líneas de sus obras conectan directamente con el pasado ancestral que descubrió. Los efectos ópticos de su pintura escultórica —o, si se quiere, de su escultura cromática— remontan a las más notables prácticas indígenas: la comunicación por nudos. Una comunicación que en el caso de Rayo invita al silencio. A la sorpresa de verse engañado por la retina y percibir volúmenes que en realidad no existen. Una experiencia que rompe con los modos acostumbrados de ver el mundo y le permiten a la obra completa autonomía. Ella habla por sí misma desde su geometría. Lenguaje que, según su autor, la hace universal. No por azar unos espectadores asiáticos mancharon un par de obras suyas al acercar sus cabezas para descifrar los nudos y sus efectos. El magnetismo hipnótico de Rayo atrapa hasta al más desprevenido espectador.
La misma geometría que le permitió su aceptación internacional le valió, sin embargo, las más duras críticas en su tierra. “Frías” y “estáticas” fue el veredicto de varios expertos y aficionados. No obstante, la reticencia de los comentarios no lo detuvo. En lugar de refugiarse en latitudes donde la educación ha hecho más aguda la mirada y más fina la sensibilidad, Rayó fundó ocho módulos de cemento que albergan 500 obras de artistas latinoamericanos y 2.000 obras suyas en Roldanillo, su ciudad natal. ¿Un tributo al ego? No importa: su valor es indiscutible. El Museo Rayo es un centro reconocido de dibujo y grabado en el continente y es lugar de exposición de obras que van desde Picasso hasta dibujos de concursos infantiles. Es un verdadero foco cultural en un país que, como se lamentaba el artista, ni valora ni comprende el arte.
Pese a sus quejas sobre el futuro del arte y de su museo, Rayo era un hombre vital. Un hombre que creía, como se lo contó a Jorge Emilio Sierra en una entrevista, que lo más importante en la vida es la vida misma. El arte, el humor y el amor forman el círculo virtuoso en el que si falta una rueda todo se va a pique. Y, bueno, ninguno de los tres le faltó. Su época de caricaturista, el impulso creador que le otorgó la fama y, por supuesto, su intrigante mujer, Águeda Pizarro, completaron los requisitos de una vida auténtica y apasionada. Estar casado con una poetisa, decía, es un real privilegio. Juntos compartieron lenguajes que les permitieron acompañar su soledad.
“Aquí cayó un rayo”, reza el epitafio donde descansan sus cenizas. Lo tenía pensado desde hace unos años. La frase sintetiza, según él, su vida. Un rayo estremece cuando cae, como él estremeció con su arte en su paso por el mundo. No obstante, se equivocó al sentenciarle final a su fuerza. El duende que, de acuerdo con Rayo, lo acompañó durante su proceso creativo, seguirá jugando con los ojos de los espectadores. Seguirá engañándolos con los volúmenes ilusorios logrados con un sombreado generador de luces. Y seguirá produciendo la angustia que genera la inestabilidad y transitoriedad del significado de sus obras. Pues, finalmente, como el mismo Rayo lo confesó, tanto sus amigos como sus enemigos admiten que supo pintar.