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Por este motivo no es fácil saber a dónde van a parar las jugadas que llevan a cabo por estos días los distintos actores. Siria, por supuesto, no es la excepción.
Primero fue la denuncia del uso de armas químicas en Ghuta, a las afueras de Damasco, el pasado 21 de agosto, que abrió la puerta a la manida frase según la cual “en la guerra la primera baja es la verdad”. Cada bando le echa la culpa al contrario. Estados Unidos, y los europeos, alineados con la oposición mientras Rusia se amarra a Al Asad. Luego, Naciones Unidas envió un grupo de expertos que estableció que sí hubo armas químicas de por medio, pero no entró a determinar el causante. Washington afirma tener certeza de que la responsabilidad es del régimen dictatorial, poseedor del tercer arsenal más grande en el mundo de dichas armas prohibidas. Moscú insiste en que el informe de la ONU es sesgado, incompleto, y acusa a la oposición de haber causado el ataque.
Así las cosas, la intención inicial del presidente Barack Obama de atacar Siria si se comprobaba su participación en este repudiable hecho terminó por convertirse en un bumerán en su contra. Gran Bretaña, su principal aliado, se desmontó ante la derrota que sufrió el primer ministro Cameron en el Parlamento, que no lo autorizó a meterse en la pelea. El gobierno francés de Hollande se mantiene firme en acompañar a Obama, a pesar del poco apoyo popular a la medida. Mientras tanto, el mandatario estadounidense se enredó en una sin salida interna ante las dificultades de obtener el apoyo del Congreso, y el descontento popular en las encuestas frente a una acción bélica en Siria.
Cuando el juego se volvía a enredar, una nueva “tacada” volvió a mover la mesa. Un acuerdo en Ginebra, entre los cancilleres de EE.UU. y Rusia, le encontró la semana pasada una salida aceptable casi para todos, con excepción de la oposición: la destrucción del arsenal químico que tiene Al Asad. Sin ser lo deseable, al menos logra que se supere la inminencia de un ataque y la consecuente apertura de una incierta caja de Pandora. Sin embargo, como el juego es largo y las bandas a utilizar son muchas, ya comenzaron los desacuerdos sobre el recién firmado acuerdo.
Cada uno habla de la fiesta de acuerdo con como espera que le vaya a ir en ella. El dictador sirio dice que destruirá las armas, pero tardará un año y el costo sería de unos mil millones de dólares, que por supuesto no tiene y tendrá que aportar la comunidad internacional. John Kerry cree que ahora que Naciones Unidas debe validar el acuerdo de Ginebra con una resolución, la misma debe reflejar sanciones inmediatas y fuertes a Siria, dentro del Capítulo VII que autoriza el uso de la fuerza, si Al Asad no cumple. Y Sergei Lebrov, desde Moscú, dice que en ningún lugar del acuerdo se habla de sanciones y menos de la posibilidad del uso de la fuerza. Es decir, que las cosas se vuelven a enredar.
Lo cierto es que en este río revuelto en el que todos los pescadores tratan de sacar la mejor tajada, hay algunas cosas que comienzan a tener cierta claridad. Leyendo entre líneas lo que dice Naciones Unidas, las conclusiones apuntan hacia la responsabilidad del Gobierno, lo cual explica la reacción de Al Asad y Rusia al criticar de antemano a la ONU. Moscú no va a dejar de meter baza luego de regresar al Medio Oriente para mantenerse al lado de un viejo amigo y ganar influencia regional. EE.UU. y los países europeos quieren sacarse de encima a un régimen que no les agrada y de paso le hacen un favor grande a Israel. Pareciera volverse a la vieja guerra fría.
Mientras tanto, la cifra de muertos aumenta día a día y a pesar de que la diplomacia debe ser la forma correcta de resolver los problemas de Siria, la luz al final del túnel no se avizora todavía.