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Su novela Sálvame, Joe Louis y su crónica “Seis meses con el salario mínimo” son dos de sus textos más reconocidos. La semana pasada, Antonio Ungar ganó el Premio Herralde, el mismo que han recibido Roberto Bolaño, Juan Villoro y Enrique Vila-Matas. El libro que le valió el reconocimiento: Tres ataúdes blancos. En él se presentan los avatares políticos de toda América Latina a través de la recreación de un país llamado Miranda, que según el autor bien puede ser leído en clave chavista o uribista. El Herralde, aunque no muy conocido por los francófonos, le ha servido para suscitar interés en Les Belles Étrangères, el más importante festival literario de Francia, que tiene como invitado especial este año a Colombia. Junto con Ungar, otros 11 reconocidos novelistas, poetas y ensayistas fueron invitados, entre ellos Héctor Abad Faciolince, Santiago Gamboa y Juan Gabriel Vásquez.
Esta ola de reconocimientos, sin embargo, no marca el inicio de “un buen momento para la literatura colombiana”, como algunos han sugerido. Nuestra literatura viene consolidándose desde hace tiempo pero pasa, como con muchos otros temas, que hasta que los países que juzgamos importantes nos dicen que somos buenos, comenzamos a creerlo. De la necesidad del criterio ajeno, tenemos también culpa los medios. Muchas veces el cubrimiento que damos vuelve sobre los mismos autores y sobre los mismos premios. De aquí que no sea corta la lista de escritores cuyo nombre se conozca menos de lo que sus obras merecen. Entre ellos, y sólo para nombrar algunos ejemplos, se encuentran Héctor Rojas Erazo, premio nacional de poesía José Asunción Silva en 1999, también novelista, periodista y pintor; Roberto Burgos Cantor, autor de novelas como La ceiba de la memoria y de cuentos como “De gozos y desvelos”, y Evelio Rosero, ganador del II Premio Tusquets por su novela Los ejércitos, al que se le suma el premio Foreign Fiction Prize del diario The Independent por su traducción al inglés.
También se encuentra el desconocimiento de nuestras escritoras, que si bien son minoría, su invisibilidad se ha reforzado por ignorancia. Entre las mujeres que no han recibido el reconocimiento adecuado se encuentra Fanny Buitrago, autora de novelas como Señora de la miel y de libros de relatos como Líbranos de todo mal; Lucía Estrada, autora de Las hijas del espino, en cuyo prólogo, el poeta colombiano Juan Manuel Roca escribió: “es uno de los más bellos libros que se hayan escrito en Colombia, desde la Madre Josefa del Castillo a nuestros días” y Andrea Cote, también poetisa, quien, según lo afirma Piedad Bonnett, “es hoy por hoy una de las voces jóvenes más interesantes”. Adjetivo con el cual Bonnett describe también la literatura colombiana, que si bien admite no es extraordinaria, tiene mucho que ofrecer.
Pero nuevamente, hasta que no se nos reconoce en el extranjero, nuestros libros no llenan las entradas de las librerías. Lo que además genera un torpe círculo vicioso: afuera no llegan sino los más conocidos. Evitar el anonimato de los literatos colombianos supone, por lo demás, un cubrimiento mediático serio, en el que los libros y sus autores no se presenten en tres líneas y, sobra recordarlo, un apoyo más comprometido del Estado. Sin caer en paternalismos, es importante que los premios nacionales recuperen prestigio y que en las ferias internacionales estemos presentes con un presupuesto que permita mostrar lo que tenemos. El problema de depender de que los franceses, o los argentinos, o los ingleses, nos reconozcan, es que ellos terminan delimitando lo que de nosotros es bueno, pero bueno de nosotros es mucho más.