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La Conmebol debería cancelar la final de la Copa Libertadores y declarar, cuando menos, desierto el título. Independientemente de si el equipo River Plate debe ser responsabilizado o no por la violencia ocurrida contra su rival, la sanción por lo ocurrido tiene que sentar un precedente contundente y enviar un mensaje inequívoco a la sociedad de que estos hechos no tienen lugar en el fútbol. Argentina y América Latina han sido avergonzados ante el mundo entero por esta situación.
La final entre los tradicionales equipos argentinos Boca Juniors y River Plate en la Copa Libertadores había sido declarada como un evento histórico; una “final del mundo” digna de los grandes enfrentamientos futbolísticos. No faltaban razones: los dos equipos insignia de Argentina, que en muchas ocasiones le han plantado serios partidos a los mejores equipos europeos, tienen una larga y nutrida rivalidad. La calidad de sus jugadores y de su equipo técnico, además, son garantía de un buen entretenimiento. En efecto, América Latina (y el resto del globo, uno podría aventurarse a decir) se estaba preparando para deleitarse con un partido memorable, pero ocurrió el desastre.
El sábado pasado, el bus que llevaba al Boca Juniors al estadio Monumental, sede del River Plate, fue violentado por personas que le lanzaron piedras. Llevaban uniformes de River. Además de los daños materiales, varios jugadores de Boca quedaron con heridas visibles. Y ahí empezó otro desastre, el burocrático.
Pese a las protestas de los jugadores y directivos de Boca, la Conmebol insistió inicialmente en no aplazar el partido. Después, aceptó pasarlo para el domingo, decisión que también era irracional porque los jugadores no se sentían seguros, estaban alterados y porque sobre la mesa está la pregunta de si el River Plate debe responder por los actos de sus seguidores violentos. Ya estaba entrando gente al estadio el domingo cuando, por fin, la Conmebol encontró algo de raciocinio y decidió aplazar la final. En teoría, hoy se tomará una decisión sobre cuándo y dónde jugarla.
Boca está pidiendo ganar la final por la responsabilidad de River con su hinchada. Por su parte, el equipo contrario argumenta que los hechos ocurrieron demasiado lejos del estadio y que se trató de una falla de la Policía que no puede ser responsabilidad de ellos. No es un argumento descabellado. En cualquier caso, como dijo el presidente de Argentina, Mauricio Macri, estamos ante una situación “bochornosa”.
La Conmebol falló al intentar forzar que se jugase el partido a como diese lugar. ¿No es eso, acaso, minimizar las consecuencias de los actos violentos? ¿Qué mensaje se envía cuando este tipo de situaciones no producen una alteración, alguna sanción, algún tipo de reflexión? Es muy fácil la salida propuesta por el presidente Macri, en el sentido de culpar por esto a “mafias”. En realidad estamos viendo el síntoma de una enfermedad mucho más complicada y es la intolerancia y la pasión desaforadas.
Por eso nos parece que la única decisión sensata es cancelar la final y declarar desierto el torneo. Solo una sanción tan severa tiene la contundencia necesaria. ¿Que pagan todos los hinchas por una ínfima minoría? Sí, pero ante la irracionalidad no puede haber algún grado de tolerancia. El mundo entero está mirando.
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