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“No puedo respirar”

30 de mayo de 2020 – 12:00 a. m.
Lo que estamos viendo en EE. UU. es un grito desesperado contra la violencia sistémica que, durante siglos, han sufrido las personas simplemente por el color de su piel. / Foto: AFP
Lo que estamos viendo en EE. UU. es un grito desesperado contra la violencia sistémica que, durante siglos, han sufrido las personas simplemente por el color de su piel. / Foto: AFP

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Las llamas que consumieron varios edificios en Minneapolis (Estados Unidos), incluyendo una estación de Policía, son el amargo recordatorio de que el racismo sigue vivo, sigue matando personas y sigue causando una frustración profunda. Los días de disturbios que se han visto en esa ciudad, ocasionados por el asesinato de George Floyd, un afroamericano, bajo la rodilla asfixiante de un policía de raza blanca, muestran los pendientes que ese país y el mundo tienen con erradicar los prejuicios. La violencia nunca puede condonarse, eso es claro; pero concentrarse de manera exclusiva en los daños materiales que se han visto es querer ignorar la raíces expuestas de un problema doloroso. Lo que estamos viendo en el país del norte es un grito desesperado contra la violencia sistémica que, durante siglos ya, han sufrido las personas simplemente por el color de su piel.

“Sin justicia no hay paz”, repiten hasta el cansancio los protestantes pacíficos, que son abrumadora mayoría. En el contexto estadounidense, se refieren a los constantes asesinatos de personas afroamericanas a manos de policías blancos, que quedan en la impunidad. Hay una cifra escabrosa: la principal causa de muerte para los jóvenes afroestadounidenses es ser asesinados por la policía. Un estudio reseñado por Los Angeles Times cuenta que “uno de cada mil hombres y niños negros puede esperar morir como resultado de la violencia policial; un riesgo que es 2,5 veces mayor que el de sus pares blancos”. Y, sin embargo, las condenas a los perpetradores son inusuales. Se trata de una falla estructural del sistema de justicia.

“No puedo respirar” se ha convertido en la frase final de varios afroestadounidenses muertos a manos de la policía. Lo dijo Floyd, en el piso, mientras su victimario lo asfixiaba con una rodilla. Lo dijo también Eric Garner, en el 2014, en Nueva York, mientras moría a manos de otro policía. La brutalidad con la que son tratadas las personas de color al ser arrestadas muestra los arraigados prejuicios que hay en la fuerza policial contra ellos. Barack Obama, expresidente de Estados Unidos, compartió un mensaje que le enviaron donde se resume el problema: “La rodilla en el cuello es una metáfora de cómo el sistema aplasta a las personas negras, ignorando sus pedidos de auxilio. A la gente no le importa. Es verdaderamente trágico”.

En efecto, es trágico. Y no es nuevo. En una entrevista hace décadas, al escritor afroamericano James Baldwin le comentaron la idea de que erradicar el racismo toma tiempo. Su respuesta, con justa furia, fue: “Nací hace sesenta años, no voy a vivir otros sesenta. Siempre me dices que toma tiempo… ya tomó todo el tiempo de mis padres, de mis hermanos, mis nietos. ¿Cuánto tiempo quieres para tu ‘progreso’?”. En el 2020, la pregunta sigue vigente. ¿Cuánto tiempo falta para el “progreso”?

Donald Trump, presidente de Estados Unidos que en el pasado ha hecho manifestaciones de afecto hacia figuras que defienden el supremacismo blanco, dijo que “cuando empieza el saqueo, empiezan los disparos”, aparentemente justificando la represión violenta por parte de las autoridades. Contrasta eso con las palabras de Martin Luther King hace años: “Los disturbios son el lenguaje de los que nunca son oídos”. Las personas afro siguen sin ser escuchadas.

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