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Odio que mata

El martes pasado falleció, luego de un período de agonía, el joven Daniel Zamudio, quien el pasado 6 de marzo recibió una brutal paliza en un parque de Santiago, la capital de Chile.

29 de marzo de 2012 – 06:00 p. m.

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Tal vez el calificativo de brutal es poca cosa para lo que padeció este joven de 24 años de edad: le arrancaron parte de una oreja, le marcaron el cuerpo con símbolos neonazis, le dejaron caer una gran piedra sobre el estómago, no una vez, sino, según dice el dictamen, en repetidas ocasiones, y finalmente hicieron palanca en una de sus piernas hasta que sus huesos sonaron y se fracturaron. No les bastó, pues, con agredirlo.

Una tortura, si se quiere, que terminó pronto con su vida en un hospital chileno, presuntamente por ser homosexual. ¿Los autores? Un grupo de neonazis detenidos posteriormente por la policía y que, ojalá pronto, serán juzgados por homicidio calificado. La intolerancia hacia algunas formas de ver el mundo, hacia las opciones que han sido reconocidas hondamente por el derecho internacional, han acabado con la vida de un joven más, que abiertamente se había declarado homosexual. No distinto, no anormal, simplemente con una opción de vida contraria a la de la cultura dominante. Fue agredido como si se tratara de un pecador de hace tres siglos, sometido a un ajusticiamiento en la calle, al mejor estilo de las épocas en que el aparato punitivo de los Estados era un tanto distinto.

El evento con el joven chileno sirve, claro, para mirar lo que ocurre con las poblaciones LGBTI en Colombia. Lo cierto es que sí se han registrado algunos progresos: la Corte Constitucional ha declarado una serie de protecciones para ellas. Pero falta. Es sólo revisar los informes que la ONG Colombia Diversa ha hecho a lo largo de los años. Los datos son contundentes: primero, en muchos de ellos se rechaza de forma tajante la categoría de “hecho aislado”, asunto que viene como resultado de la discriminación oculta, que ayuda mucho más a profundizarla. El segundo es el grado de impunidad, por el poco interés por parte de las autoridades, pero también por el rango bajo de denuncia. Los temores a denunciar son, claro, múltiples y variados, unos alimentados por otros: la doble victimización, por miedo a la exposición pública, temor a represalias de funcionarios públicos, burlas, falta de credibilidad en el sistema y los funcionarios, desconocimiento de los derechos de poblaciones como la LGBTI, falta de protocolos o bases de datos que incluyan la opción sexual, entre muchos otros. Pararse de ese otro lado de la línea que los divide es encontrarse con un mundo en contra.

Y así, miles de abusos, de prejuicios, de maltratos hacia las personas que hacen uso de su libertad y que permanecen en la total oscuridad. Nada más. Lo que falta en derechos es inimaginable. Como dijimos, se han dado apenas los primeros pasos. Falta, por ejemplo, discutir y legislar el matrimonio igualitario o aprobar la adopción por parejas del mismo sexo, asuntos que más que generar discriminación hacia estas poblaciones, ayudan a solventarla, a introducirla lentamente en un imaginario colectivo que muchas veces es homofóbico.

En las páginas de este diario hemos honrado la última semana a muchos: como Alan Turing, el insigne matemático creador de los principios de la computación mucho antes de que existiera la primera computadora, quien murió poco después de que le hicieran un “tratamiento químico” para calmar su “ansia homosexual”, o también el excéntrico Truman Capote, quien se declaraba “un alcohólico. Un drogadicto. Un homosexual. Un genio” y trajo a la literatura piezas de narrativa invaluables. Es una lástima que en estas mismas páginas tengamos que contar al tiempo el caso de Daniel Zamudio. Denunciarlo y pedir justicia, entonces, se convierte en un deber.

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