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Todos los organismos de las Naciones Unidas, orientados hacia su desarrollo, quedarán ahora coordinados y cohesionados bajo una sola autoridad y la segunda al mando del mayor organismo internacional. Michelle Bachelet, expresidenta chilena ahora a su cabeza, tendrá el reto de reversar la todavía crítica desigualdad de la mitad de la población mundial. La lista es larga: muchas mujeres siguen sin acceso a un trabajo digno y sufriendo de discriminación salarial, en demasiados casos se les niega la educación y los servicios sanitarios básicos, cerca de 500 mil continúan muriendo anualmente durante el embarazo y el parto, la violencia de género permanece constante y su empoderamiento, en entredicho. Todos asuntos que deben ser resueltos si se pretende cumplir los Objetivos de Desarrollo del Milenio para 2015, razón detrás de la creación del nuevo organismo.
Mucho se ha logrado hasta ahora, es cierto, pero también lo es que buena parte de los avances llegan sólo hasta la presión para la implementación de normativas en los distintos países miembros, no en su ejecución. Pasar del papel a la práctica, sin embargo, no es debilidad exclusiva de las políticas de género: la ONU, por lo general, se asfixia entre resoluciones y burocracias.
La propia Michelle Bachelet ha insistido, de manera reiterativa, en la necesidad de mejorar la coordinación de políticas y de fortalecer los mecanismos de rendición de cuentas. En su agenda de los 100 días al mando, el objetivo ha sido precisamente el de recoger la información sobre la especificidad de la problemática en cada país. En Colombia, esta tarea se adelantó el 2, 3 y 4 de marzo con las contrapartes que han apoyado tradicionalmente el trabajo de la Unifem y hoy tomará lugar el lanzamiento oficial del programa, después de la presentación oficial de ONU Mujeres en Nueva York.
La fecha es significativa, pues coincide con la celebración del Día Internacional de la Mujer. Pero más significativo aún es la anunciada presencia del vicepresidente Angelino Garzón, hecho que genera expectativas sobre la postura del Gobierno, hasta ahora muy reticente a apoyar los asuntos de género. Tal será su apatía, que ocho meses después seguimos sin nadie a cargo de la Secretaría para la Mujer. Asunto diciente y de particular relevancia, pues la ONU sigue siendo un ente consejero y asesor, incluso de presión, pero sin ninguna autoridad sobre los países miembros. Incorporarnos en lo que parece ser un agresivo movimiento en pro de la mujer supone, por lo menos, tener un organismo nacional que establezca el vínculo y ponga en marcha los distintos programas y las políticas.
El desarrollo de las mujeres es un problema de todos, pero sin doliente específico termina siendo asunto de nadie. Por eso resulta grave no poner en orden, y de paso concederle mayor poder, a la institución encargada de hacer que la perspectiva de género se incorpore a las políticas públicas del país y, por lo tanto, a su desarrollo. El esfuerzo que está haciendo la ONU es admirable. Todavía no hay resultados, pero sí con qué obtenerlos. La reestructuración de todos los organismos en uno, y su potencialización, guiada ahora por una de las mujeres más competentes e importantes de América Latina, no es un proyecto marginal. La ONU, sin duda, se está jugando con todo esta carta y busca alcanzar con ella los objetivos 2015. Esperemos que el Gobierno entienda su importancia y se lance de lleno a lo que está siendo un gran esfuerzo internacional para dar resultados en un área en donde, por lo demás, la región nos viene cogiendo desde hace un rato ventaja.