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La elección de Gustavo Petro como presidente de la República y de Francia Márquez como vicepresidenta ha estado llena de simbolismos. No es para menos. En esta democracia frágil, por primera vez un sector de la izquierda llega al poder, apoyado en fuertes movilizaciones ciudadanas y con altas cifras de votación en zonas del país donde la abstención antes era la norma. El cambio de rostros y apellidos ha sido notable: todas señales de una alternancia de poder que era necesaria en un país acostumbrado a elegir presidentes con muchas similitudes entre ellos. La promesa de un cambio motivó a millones de colombianos y debe respetarse.
El reto, una vez pase la posesión y los momentos simbólicos importantes hayan ocurrido, es cómo enfrentar un país con grandes problemas y profundas divisiones. Los diez millones de votos que obtuvo el contrincante del presidente Petro son suficiente señal de la desconfianza que su propuesta produce en muchos sectores. Sus mayorías en el Congreso pueden ser más endebles de lo que hoy parecen, ya que se han conformado con partidos políticos que no comulgan con las visiones más extremas del reformismo que se mencionó en campaña. Además, a nivel global su figura sigue generando cautela: las asesoras de inversión tienen a Colombia en alerta, la bolsa del país sigue siendo de las más golpeadas en el mundo y en la región, y eso se suma a las serias brechas de desigualdad que será difícil atacar con los programas prometidos dado el estado actual de las finanzas públicas. El mandato que recibieron Petro y Márquez está, entonces, amarrado a esas realidades y a un país que clama algo de tranquilidad.
No es casualidad que el tema de la última semana haya sido, de nuevo, el paro nacional y las personas capturadas. Durante tres años seguidos, la administración de Iván Duque se enfrentó con personas en las calles expresando su profundo descontento, mientras la Fuerza Pública cometía abusos imperdonables en su intento por controlar la situación. Ese caos, que tuvo un buen espacio de alivio en las urnas, subyace el estado de ánimo nacional. Por eso la pregunta por cuál Petro tendremos como presidente es esencial: aquel orador que tilda de enemigos a quienes se le oponen o el estadista moderado que ha mostrado ser desde la elección. Por el bien del país, esperamos que la segunda versión sea la norma durante los cuatro años de mandato. Así tendrá, además, la posibilidad de hacer un gobierno que pase a la historia en un momento álgido para Colombia.
Eso sí, los cambios son inevitables. Para eso fueron elegidos el presidente y su bancada mayoritaria en el Congreso. La elección del gabinete ha demostrado un interés por presentarle al país reformas complejas pero razonables, que no transformen la democracia colombiana, pero sí ayuden en la lucha contra la desigualdad y ataquen viejos problemas. Por ejemplo, es necesaria una buena reforma tributaria, que sea equitativa y ubique a Colombia en los mismos niveles de tributación que otros países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos.
Empieza una nueva era con muchas promesas y también con temores. Si pasamos de los simbolismos a la ponderación, Colombia podrá ir por buen camino.
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