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Es bienvenido el regreso de la ambición, por lo menos desde el discurso, a Bogotá. Después de años de anunciar medidas a medias y de compromisos ambientales insuficientes para el reto que enfrenta Colombia y la humanidad, el Concejo de Bogotá aprobó la declaratoria de emergencia climática. Esta tiene un efecto simbólico importante, pues es la primera capital en América Latina que llama las cosas por su nombre y entiende que no puede construirse la ciudad del futuro inmediato sin tener en cuenta que estamos ante una crisis que amenaza nuestra subsistencia. Tiene también varias medidas prácticas que empiezan a aterrizar las promesas de sostenibilidad ambiental. Ahora la pelota está en la cancha de la Alcaldía, para que vaya mucho más allá, y demuestra que sí es posible atender de forma contundente los obstáculos que crea el cambio climático.
La relación con el medioambiente y su protección tiene que cambiar. A menudo, las promesas que se hacen en Colombia (y en muchas partes del mundo) suelen entender el tema de forma limitada. En los peores casos, hay quienes ven en las medidas de contención de la emergencia climática unos obstáculos innecesarios al progreso (basta con escuchar a Jair Bolsonaro en Brasil y toda su relación con la selva amazónica). Pero lo que debemos entender es que la sostenibilidad ambiental no solo no es negociable, sino que ofrece muchas oportunidades para construir mejores espacios de vida, tanto para los humanos como para los ecosistemas con los que convivimos. Lo fascinante de esta crisis es que, si se trata con ambición, puede traer progreso económico, ayudar a combatir la desigualdad, mejorar la salud de las personas y blindarnos ante las inclemencias del clima por venir. Por eso ha sido tan frustrante que haya líderes políticos que se sientan satisfechos con puntos medios que, en realidad, nos dejan a la intemperie de los riesgos que ocasiona la crisis.
Hay varios aspectos interesantes en la declaratoria de emergencia climática que hizo Bogotá. Propuesta por Susana Muhamad, de Colombia Humana, fue presentada a la plenaria por Manuel Sarmiento (Polo) y Óscar Ramírez (Centro Democrático). Ambos estuvieron de acuerdo en la necesidad de combatir el cambio climático y dar un ejemplo que impulse a las demás ciudades, tanto del orden nacional como internacional. Es un alivio ver que, en medio de la polarización, el Concejo fue capaz de encontrar puntos en común. Así debería ser la respuesta a la emergencia climática: no un asunto de ideología, sino de comprender la magnitud del reto que tenemos.
La declaratoria, como dijo Carolina Urrutia, secretaria de Ambiente del Distrito, “nos impone tareas, actividades y obligaciones con una vara muy alta, pero que nos dejará en una posición mucho más fuerte y robusta para enfrentar este enorme reto de toda la humanidad”. Dentro de las medidas para aterrizar las promesas se encuentran ordenar el territorio en torno al agua, definir un sistema de tratamiento de residuos que no dependa de Doña Juana, la creación de un código de construcción sostenible y la prohibición de comprar lotes de vehículos de transporte masivo que sean de combustibles fósiles.
La lucha contra la emergencia no termina aquí. Ojalá este impulso sirva para retomar el control de las ciudades sostenibles que necesitamos para una vida digna.
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