Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
La relativización que tiene este derecho (constitucionalmente inviolable) es bastante amplia en Colombia y somos testigo de ello en las noticias. A diario. Por robar un celular, un ser humano es capaz de quitarle la vida al otro, un estudiante es arrojado de un edificio o en un caño, una mujer es empalada en el principal parque de la capital, en fin, cosas que no permiten, siquiera, dejar volar la imaginación o preocuparnos por otras cosas. La vida, en la práctica, no es inviolable, sino algo que puede usurparse con facilidad, sin remordimiento, a veces sin castigo alguno. Al margen de la violencia secular que ha caracterizado a este país en el campo, las calles de municipios y departamentos son también zonas de batalla.
A esto sumémosle la cultura del miedo que impera en nuestra sociedad. La deleznable práctica de “no dar papaya” por miedo a la inseguridad, que se traduce en que las personas no caminen con tranquilidad a altas horas de la noche. Esto, por más de que parezca normal, es aberrante desde cualquier punto de vista.
Por eso es que recibimos con beneplácito la noticia que el alcalde de Bogotá, Gustavo Petro, dio sobre nuestra capital al comienzo de esta semana: el mes pasado reportó la cifra más baja de homicidios en 27 años. Localidades con altas tasas de delitos como Sumapaz, Candelaria, Puente Aranda, Antonio Nariño, Teusaquillo y Chapinero no reportaron homicidios de acuerdo a las estadísticas oficiales. Asombroso. El anuncio lo dio Petro en compañía de Luis Eduardo Martínez, comandante de la Policía Metropolitana y de Guillermo Asprilla, secretario distrital de Gobierno.
Esto hay que agradecérselo a la política de cuadrantes que la Policía implementó como programa piloto en la capital hace un par de años. La conciencia de la vigilancia, la percepción de seguridad, así como la consecución de la misma, han mejorado ostensiblemente. La estrategia de la Policía de inundar los cuadrantes con Centros de Atención Inmediata, así como la cercanía que han establecido con los ciudadanos, de comunicación directa, ha rendido sus frutos. La reducción de asesinatos, es decir, el aprecio por la vida humana, ha aumentado.
Esto, sumado al loable esfuerzo de Petro de desarmar la ciudad, es un avance que luce sin precedentes. No solamente se trata del elemento simbólico (una ciudad que decide desarmarse) sino también práctico: las armas están para dispararse, y mientras menos haya, mejor. Aún queda, sin embargo, mucho por hacer. Las estadísticas para la ciudad de Bogotá en homicidios anuales tienen que disminuir, ya que la cifra está cercana a los 2000, lo cual sigue siendo un exabrupto. Sin embargo, el camino trazado ha sido el indicado y esperamos que siga siendo así.
Por otra parte, Francisco Lloreda, consejero de la Presidencia de la República para la seguridad ciudadana, ha dicho que algo similar se replica en las principales ciudades: Barranquilla redujo homicidios en el 3.8%, Cali en el 5% y Medellín en un 30%.
Estupendo que esto esté pasando en nuestras ciudades. Las administraciones deberán profundizar en esto para lograr una sociedad mucho más pacífica, con menos muertes, con más respeto a la vida.