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Mucho más allá del luto que dicen guardar algunos (el país entero, se ha oído) y del oportunismo mediático que existe alrededor del caso, sale a relucir algo que, pese a su evidencia manifiesta, nadie menciona: lo uno, el incumplimiento flagrante de una tras otra de las reglas mínimas que, de ser esta cultura colombiana distinta, nos habría ahorrado esta inmensa tragedia humana; y lo otro es, por supuesto, el nivel de atraso y abandono en el que se sumergen estas poblaciones donde cargar galones de gasolina dentro de un vehículo que transporta gente se volvió una conducta normal y aceptada. Parte de una realidad que se quedó en el siglo pasado. Una cadena económica, apenas. Un “problema de esa región”. Ni ley ni dios ni patria. Nada.
El verdadero país está allá. Ese que es distante de las filtraciones de comunicaciones y los escándalos que protagonizan, sin sonrojo en el rostro, algunos de nuestros candidatos a la Presidencia: allá, donde los pimpineros hacen su negocio ilegal bajo las narices de las autoridades y los transportadores son unos irresponsables al volante. Eso es parte de nuestra cultura. Lamentable que así sea, pero si desde arriba llega el ejemplo hasta entendible resulta.
Vamos con lo de las normas, entonces. Ha dicho la Fiscalía que el vehículo no tenía SOAT ni revisión técnico-mecánica, que el conductor conducía sin licencia, que sobre sus espaldas pesaban siete comparendos de tránsito y que, ya dijimos, transportaba varios galones de gasolina al lado de los niños que llevaba dentro del bus: uno que, por demás, no contaba con salidas de emergencia. ¿Algo más? Claro que sí: por una manipulación irresponsable de gasolina, la llamarada se los comió vivos en un santiamén. ¿Podíamos habernos ahorrado esta tragedia? Claro que podíamos.
Esto es producto fiel de lo que Mauricio García Villegas, columnista de este diario, llama, en su libro Normas de papel, “la cultura del incumplimiento”. Esa deplorable condición colombiana que aún cree que pasarse por la faja las normas mínimas y elementales es cosa de “vivos” y factor acelerado e indudable de éxito. El “todo vale” emanado de las fibras más finas de la sociedad, que es de donde proviene. Y luego nos sorprendemos cuando nuestros dirigentes caen en él.
Pero hacia allá va lo otro: nuestros dirigentes. Todos se lamentan. Tanto el director de Tránsito y Transporte, Carlos Mena, quien habló del prontuario contravencional del conductor, como el comandante de la Policía del departamento de Magdalena, quien aseguró que fue una falla mecánica, hasta el mismísimo presidente de la República, Juan Manuel Santos: “Siempre los recordaremos”, se le oyó decir. ¿Y por qué no se hizo nada para evitarlo? ¿Por qué el nombre de Fundación tiene que aparecer en las palabras de los grandes dirigentes de este país sólo cuando, por una imprudencia de país atrasado, 33 niños mueren a merced del fuego? Inconcebible.
“El Estado —continúa García Villegas— es tal vez el primer incumplidor del país. Expide normas que no cumple, hace cosas que no están autorizadas en ninguna ley o simplemente cumple a medias”. Pues sí. Culpar y condenar al conductor es necesario pero a la vez sencillo. ¿Y el Estado entero y sus instituciones ausentes que no generan controles, que propulsan esa cultura de transporte en el Magdalena, y en todo el país, la verdad? ¿A ellos no les cabe responsabilidad? Dudamos.