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Lo dicen igualmente las letras de las canciones y los grafitis en las calles donde se practican los movimientos sobre cajas de cartón. Hoy son múltiples los grupos que registran en su música la crónica de un lugar donde sólo en los últimos 24 meses han muerto poco menos de 2.000 jóvenes, reflejo de una violencia que acecha al mundo entero: por primera vez en los últimos 50 años están falleciendo más adolescentes que niños, asegura un estudio publicado por la revista británica The Lancet. “Al parecer, el desarrollo económico, la movilización a las ciudades, la creciente urbanización y la dislocación son realmente nocivos”, explicó Russell Viner, profesor a cargo del estudio, donde se concluye que ciudades más complejas están produciendo fenómenos violentos que arrancan desde las escuelas.
La Comuna 13 de Medellín es, de lejos, uno de los peores ejemplos en Colombia: exclusión, pobreza, embarazo adolescente, deserción escolar, tráfico de drogas, drogadicción, extorsiones, guerra de pandillas, reclutamiento forzado, desplazamiento intraurbano. A esto se suman las variables propias del conflicto colombiano, como la presencia de paramilitares —en su momento dirigidos por Don Berna, ahora reconfigurados en “bacrim”— y de las guerrillas Farc y Eln, blancos militares y motivo de la ‘Operación Orión’ en 2002. Sin embargo, pese a este y a todos los demás esfuerzos estatales para extender su autoridad sobre las 700 hectáreas de la Comuna, el territorio permanece todavía impenetrable a la Fuerza Pública. El control por plazas y cuadras lo tienen los distintos grupos criminales que castigan a quienes transgredan las ‘fronteras invisibles’, las cuales, como lo evidenciaron los puntos de colores que aparecieron a comienzos de año —también en las comunas 1, 6 y 8—, ya se han vuelto mucho más concretas.
Una de la tesis sobre el asesinato el domingo pasado de Daniel Alejandro Sierra, un rapero de 17 años conocido como Yhiel, fue el haber transgredido una de estas fronteras. La otra es que el hip hop le estaba robando muchachos a la guerra y precisamente hablar de paz fue su sentencia de muerte. Tesis que, por lo demás, encaja bien en la sucesión de cantantes muertos de un tiempo para acá: en agosto de 2009 fue asesinado Héctor Enrique Pacheco, de 20 años, conocido como Colacho; en julio de 2010, Andrés Medina de la agrupación Son Batá; en agosto de 2010, Marcelo Pimienta, de 23 años, conocido como Mac Chelo; a comienzos de este mes, David Fernando Romero, de 23 años, conocido como El Gordo, y ahora Yhiel. Todos abanderados en la lucha de la música contra la violencia.
Sin duda, los raperos de la Comuna 13 se hicieron famosos por mostrar esperanza donde por lo general hay sólo lo contrario, y de aquí el eco de su muerte. No es usual que las expresiones del crimen queden registradas e interpretadas en fenómenos artísticos al tiempo que se sufre la violencia, pero sí lo es que se silencien cuando surgen. Con todo, para saber si fue su música, las fronteras u otro el motivo detrás de estos asesinatos, habrá que esperar a que se pronuncien las autoridades, algunas de las cuales han sugerido ya que estos raperos estaban también involucrados en actividades criminales. Una tesis que necesariamente hay que investigar, pero que, si este fuera el caso, no puede llevar a aminorar la gravedad de estos homicidios, pues es precisamente ese tipo de reflexiones el que termina por legitimar el ajusticiamiento a mano propia que hoy lamentamos.