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Rechazo total

El jueves de la semana pasado, en el norte de Bogotá, Natalia Ponce de León, de 33 años, ingresó a la deplorable lista de mujeres quemadas por un ataque con ácido: al frente de su casa (eso se ve en el video al que los medios hemos tenido acceso), un hombre la espera por un breve rato y luego, cuando ella sale a recibirlo, le arroja ácido en la cara. Un minuto de violencia sin sentido y una brutalidad inmisericorde dejaron a Natalia Ponce de León en la unidad de cuidados intensivos de la clínica Reina Sofía.

31 de marzo de 2014 – 07:32 p. m.

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Y, más allá de esto, un daño irreparable en su vida, que no será la misma nunca más. Es obvio que los hombres que les lanzan ácido a las mujeres buscan eso: dejarles una marca irreparable para que éstas tengan un cambio permanente, una señal de que algo pasó, de que nada será igual. Es inconcebible que a estas alturas del partido una práctica tan bárbara como esa, tan impactante, siga ocurriendo en nuestra sociedad. En nuestra capital, a plena luz del día, como si todavía viviéramos en la Edad Media. Eso somos entonces: unos salvajes. Cuando uno ve estas noticias, sabe que la sociedad está mal. Que fracasamos en nuestros controles sociales, en nuestra formación y en nuestra forma de entender el mundo. No hay otra explicación posible. Y por eso mismo hay que tomar los correctivos necesarios.

Lo primero es empezar a barrer el mucho palabrerío casi indulgente con el que se denomina a los victimarios de estos delitos: “desquiciados”, “enfermos mentales”, “gente con serios problemas”, se ha oído decir a las autoridades y a algunos medios de comunicación. Nada de eso. La regla general es que son personas bastante normales, unos de esos “machos” que se promueven por ahí en comerciales y discursos: hombres en pleno uso de sus facultades, que deciden actuar de una forma aberrante y cometer un delito contra la integridad de quien no quieren que sea autónoma. He ahí la gravedad del asunto. Pensar de otra forma es darle a la conducta un nombre que no tiene. Son hombres que no respetan a las mujeres. Y al revés también, porque aun cuando sea la mitad (en 2013) del número de víctimas del otro sexo, los hombres también han sufrido estos ataques.

Y por eso mismo es que el castigo y la persecución a sus autores deben ser consecuentes con esa condición. La pena, por un lado, es alta. La justicia, por el contrario, es muy baja. Aún no han identificado, siquiera, al último victimario. Harto se ha escrito (y hemos replicado nosotros) que subir las penas no sirve para nada, a excepción de hacer más populares y visibles a los congresistas. Pero la justicia eficaz es la que termina persuadiendo a las personas para que no cometan delitos, la que consigue contener sus ganas de lastimar al otro.

Pero con el caso del ácido, que cambia vidas, el asunto es mucho más allá del susto: ¿En qué hemos fallado como sociedad para que esta moda criminal esté azotando las ciudades de Colombia? ¿Por qué, pese a las campañas en contra y a las mismas fotografías de mujeres desfiguradas con ácido que se han expuesto para dejar una lección, esto sigue ocurriendo? Algo hay que discutir, mucho más allá del elemento punitivo. Una reflexión de quiénes somos como miembros de una sociedad civilizada. Una discusión sobre los factores que impulsan a una persona a cometer estas conductas. Y, por supuesto, un rechazo total y categórico, que ojalá sea extendido al nivel individual, sobre esta actitud. Porque, por ahora, fracasamos.

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