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Es poco lo que la sociedad colombiana ha hecho para negar o retrotraer, en la práctica, el terrible legado que dejó el capo de capos.
Escobar, muy astuto, supo en principio usar el inagotable dinero sucio del narcotráfico para infiltrarse en lo más hondo del establecimiento colombiano. Sus relaciones con políticos, sus dádivas a distintas personas, compraron algunas conciencias, ganaron agradecidos seguidores, pero, por sobre todo, introdujeron el cáncer de la cultura mafiosa: el derroche, el dinero fácil, la inexistencia de límites legales o morales, la inversión de los valores culturales.
La infiltración en la vida legal le duró poco al capo. Pronto le salieron al paso unos valientes opositores, que se convirtieron probablemente en sus obstáculos más grandes: Rodrigo Lara desde la política, denunciándolo en el Congreso; Guillermo Cano desde el periodismo, usando las páginas de este diario para recordarle a la sociedad colombiana sus antecedentes como narcotraficante y el destino macabro que se vendría, y se vino, si no se paraba el país sobre los principios de la decencia; Gustavo Zuluaga desde la rama judicial, imponiéndole una orden de captura; el coronel Jaime Ramírez, siguiéndole los pasos desde la Policía, o el magistrado Hernando Baquero, fungiendo como ponente del tratado de extradición. Y muchos otros.
El verdadero monstruo que Pablo Escobar llevaba adentro se reveló en ese momento: en abril de 1984, Rodrigo Lara cayó asesinado. De igual forma, en julio de 1986, Hernando Baquero. En octubre de 1986, Gustavo Zuluaga. En noviembre de 1986, Jaime Ramírez. En diciembre de 1986, Guillermo Cano. Y tantos más que osaron ser fieles y creer y proteger los principios de una sociedad sana. Toda la ola de terror que Escobar sembró en Colombia provocó un pánico inmediato. No era para menos: sus secuestros, sus carros bomba, su guerra intestina y declarada contra el Estado fueron terribles. Desde 1987 hasta 1989 el terror se sintió en la médula de la patria. No cabe en este espacio, ni en la memoria, todo el rastro de sangre que sembró.
El Estado y la sociedad civil tuvieron un enemigo de mil cabezas que lucía indestructible. Y así, con una negociación abyecta, el Estado le entregó una autocárcel desde donde siguió delinquiendo. Nada frenaba su paso. En diciembre, después de escaparse de su refugio, finalmente cayó abatido en un tejado de Medellín. Quienes vivieron esa época no olvidan la imagen de Escobar, por fin muerto. El país (después de tanto miedo, que explica la reacción) respiró tranquilo.
Ahora el Canal Caracol se ha medido al reto de enfrentarse con el pasado, de hacernos ver en el espejo de esa dolorosa historia con la serie que presenta a partir de esta semana, Escobar: el patrón del mal. Las críticas no faltan, por el temor de que se le termine dando protagonismo a este personaje. Confiamos en que no será así. Por el contrario, usar espacios televisivos como estos, de alto rating, para rememorar uno de los momentos más oscuros de Colombia, puede resultar positivo. Al margen de las actuaciones y la producción, la serie pretende recordarles a las nuevas generaciones quién fue Pablo Escobar, lejos de la leyenda que se ha erigido en torno a él. No sólo eso: también busca darles nombre e historia a quienes pusieron la ética por encima de su propia vida al enfrentársele sin otra arma que el cumplimiento de su misión. El liderazgo de Camilo Cano y Juana Uribe —dos víctimas a cargo de la producción— nos dan plena garantía de que así será.