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El martes pasado fue un día muy largo para la ciudadanía, para la prensa y para el país en general.

03 de abril de 2012 – 06:00 p. m.

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El anuncio de que los diez policías y militares secuestrados en poder de las Farc iban a llegar todos juntos, en una sola jornada, cayó muy bien pese a los retrasos provocados por la lluvia. El helicóptero llegó y los liberados pisaron la tierra de un mundo que cambió drásticamente durante los últimos 14 años, y al que ojalá logren adaptarse, durmiendo bien en una cama, compartiendo un tiempo y un entorno que deben lucir extraños y ajenos. El martes fue un día histórico por una razón sencilla: el capítulo de los secuestrados como arma política se cerró. Ojalá para siempre.

Aun cuando el secuestro, como práctica, nunca debió ocurrir y aunque resulte imperdonable que estos hombres hayan perdido buena parte de sus vidas por la imposición violenta de unos criminales, este gesto es positivo, humaniza en algo este conflicto armado y es un primer paso, significativo sin duda, para la promesa que hizo las Farc hace unos meses de no volver a secuestrar más; de, por fin, acabar con esa práctica macabra que no sólo le ha costado al país y a sus víctimas, sino también a la imagen misma de la guerrilla, que, con razón, ha terminado siendo la de unos delincuentes corrientes y nada más. Fue una imagen ganada a pulso. Que se merecen.

No sólo el mundo del exterior ha cambiado desde que fueron secuestrados los soldados y policías protagonistas de la jornada del lunes. Las Farc, su interior, sus hombres combatientes, sus comunicados y su presencia en el país, han cambiado drásticamente también. Hoy se encuentra minada, disminuida, sin jefes ideológicos o militares mayormente reconocidos, sin cohesión, y con un discurso diferente. La discreción de esta liberación con muy pocos protagonismos, salvo los que fueron, hay que decirlo, estrictamente necesarios, es un avance que se nos antoja muestra un escenario también diferente y positivo del Gobierno por supuesto, pero también de la guerrilla y de los facilitadores. Y esto, nos parece, es lo mejor.

Aún queda mucho por delante, sin embargo, no podemos embriagarnos con este buen gesto, sino mirar los que se requieren hacia adelante. Lo primero es que el Gobierno (y también los gestores, como aquellas ONG que han ayudado a estos procesos, ya que no creemos que sean mutuamente excluyentes) defina una agenda sobre lo más conveniente para poder liberar también a esos secuestrados restantes que se estiman en una cifra cercana a los 400. Los que no son usados como un arma política sino aquellos que se encuentran en las selvas —mientras el mundo sigue cambiando— como producto del llamado secuestro extorsivo. Ese es el primer paso para hacer realmente efectiva la promesa de las Farc de abandonar el secuestro.

Aún falta resolver muchos asuntos con la guerrilla: la exclusión de los menores del conflicto armado, el desminado, el respeto por escuelas y hospitales. Otras prácticas que son abominables. Por eso hay que continuar con esos aparentes acercamientos entre el Gobierno y los líderes del grupo, para ir preparando el terreno hacia un eventual proceso de diálogo y negociación, a lo cual el gesto del lunes contribuye, pero sigue lejos de estar dispuesto. Hay que presionar para que la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras se nutra de experiencias de reconciliación; hay que afinar los instrumentos para ese diálogo posible.

Lo que sabemos, en esencia, es que unos nuevos aires se respiran. Tal y como lo dijimos en este espacio el pasado domingo, se deben evaluar las acciones de la guerrilla con lupa, siempre atendiendo a que la salida más favorable de esta guerra que nos ha costado tanto es el diálogo. Este pudo haber sido un primer paso. Esperemos que la firmeza con la que se avanza para conseguir una respuesta distinta a la guerra, se mantenga.

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