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Donald Trump está de celebración y razones no le faltan. El presidente de Estados Unidos tuvo que operar durante casi dos años bajo la sombra de una investigación especial que buscaba determinar si se alió con Rusia para sabotear las elecciones que lo llevaron a la Casa Blanca. Este lunes, su fiscal general, William P. Barr, anunció que no hay evidencias para creer que Trump hizo algo malo y que, por ende, las investigaciones han terminado.
El presidente, fiel a su estilo, se apresuró a tomarse Twitter para anunciar cómo él había dicho la verdad desde el principio, cómo los demócratas promovieron una cacería de brujas en su contra y cómo sus prospectos de reelección se han visto fortalecidos.
Sin embargo, no es tan cierto que todo sea buen viento y buena mar para Trump y su estadía en la Casa Blanca.
El informe en cuestión, elaborado por Robert Mueller, parece concluir que no hay evidencia de una colusión entre Rusia y el presidente estadounidense. Eso, sin duda, es un alivio no solo para la Casa Blanca, sino para el Partido Republicano.
Dicho eso, también se supo que el informe no llega a conclusiones sobre si el presidente Trump intentó obstruir a la justicia. También presenta evidencias sobre cómo sí hubo una intervención decisiva por parte de Rusia en las elecciones de EE. UU. Como producto de las pesquisas de Mueller, se imputaron cerca de 200 cargos contra 34 personas cercanas a Trump y a su campaña a la Presidencia. Hace poco, el exabogado del presidente Michael Cohen testificó ante el Congreso de ese país diciendo que Trump le ordenó manipular testigos de sus crímenes cientos de veces.
En síntesis, si bien es cierto que no hay evidencia para decir que Trump se alió con los rusos, hay muchas ollas podridas que rodean al presidente. Fiscales de Nueva York siguen investigando presuntos delitos cometidos por Trump y sus empresas. La Cámara de Representantes, dominada por los demócratas, también podría pedir otras investigaciones.
No obstante, por lo menos en estos dos años electorales, lo más probable es que el debate público estadounidense se concentre en otros puntos. Encuestas recientes muestran que los votantes de ese país no estaban tan preocupados por Mueller; que sus obsesiones son la economía, el sistema de salud, las armas y la migración ilegal.
Trump, quien sufrió una derrota electoral el año pasado cuando los demócratas retomaron control de la Cámara de Representantes, recibe un alivio que le ayuda a consolidar su base. Mientras tanto, los demócratas, que tienen muchos candidatos optando por la Presidencia, parecen concentrados en adelantar una agenda de ambiciosas reformas sociales y lucha contra el autoritarismo que el presidente republicano ha venido a encarnar.
Lo que los estadounidenses no pueden olvidar son las lecciones de estos dos años: cómo su democracia, aunque ha intentado resistir, está siendo lentamente desmantelada por un populista que no respeta las instituciones. Estados Unidos y el mundo entero han sufrido las consecuencias.
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