Una pausa, una reflexión

22 de diciembre de 2019 – 12:00 a. m.
Cada vez que abrimos discusiones, que presentamos pliegos de exigencias (en el ámbito público y en el privado), no podemos olvidar al otro. / Foto: Pixabay
Cada vez que abrimos discusiones, que presentamos pliegos de exigencias (en el ámbito público y en el privado), no podemos olvidar al otro. / Foto: Pixabay

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El año en el que la cacerola fue, para El Espectador, el personaje más significativo del país, llega Colombia a su etapa de reflexión en medio de tensiones políticas y sociales que no pueden ignorarse. Ahora que las familias colombianas, con su diversidad, empiezan a reunirse para celebrar y conversar, es un buen momento para que nos preguntemos por la sociedad que estamos construyendo, los retos que enfrentamos y los tiempos difíciles que vendrán.

El mundo moderno es un ambiente hostil para la mente humana. Nuestros instintos más básicos están bajo ataque constante: redes sociales que nos introducen en círculos de placer, odio y sectarismo; políticos que explotan nuestros temores apelando a los sentimientos que nos cuesta controlar; amenazas globales, como la emergencia climática, que superan nuestra naturaleza individualista. El resultado es que la calentura de las discusiones, así como el dolor que produce la desigualdad, nos mantienen en un estado constante de tensión. Es muy complejo hablar en medio de los insultores.

Colombia no es ajena a la crisis en que han entrado las narrativas globales. Todas las respuestas que la humanidad ha dado en su historia reciente (sobre cómo organizarnos, cómo convivir, cómo garantizar nuestra subsistencia como especie) se han quedado cortas para un presente y un futuro que se nos presentan confusos. Estamos, bajo todos los criterios, en un momento de transición.

Por eso, creemos, debemos volver a lo esencial. En medio de tantos gritos, no podemos olvidar que las instituciones, su legitimidad y su buen funcionamiento son la mejor garantía para la paz entre los colombianos; que un país que no atraiga y promueva inversión y crecimiento económico no tiene futuro; que hay bases firmes, innegociables, que deben fortalecerse, sí, y mejorarse, también, pero no desaparecer.

Cada vez que abrimos discusiones, que presentamos pliegos de exigencias (en el ámbito público y en el privado), no podemos olvidar al otro. Escuchar es un primer paso, comprender es el siguiente y solo así podemos pensar en que estamos trabajando juntos por una Colombia más incluyente, por un Estado más sólido.

El encuentro con los otros, con los seres queridos, en medio de las fiestas que se celebran en esta época, es una oportunidad para tender puentes. Reconocer, tal vez, que, como escribió alguna vez Harper Lee, “estamos unidos por una angustia común”.

La apuesta por la paz, por este sueño conjunto llamado Colombia, siempre ha sido un salto de fe. Requiere lo que Jonathan Lear llamó “esperanza radical”: un sentimiento dirigido “hacia una bondad futura que trasciende nuestra capacidad actual de entender cómo se manifestará”. Solo así lo imposible, que en este caso es una forma de llamar aquello que es muy difícil de conseguir como sociedad, se puede volver realidad.

Todas estas son ideas grandes, por supuesto, abstractas. Pero es una forma de plasmar el deseo que tenemos para todos nuestros lectores y sus seres queridos: que en el reconocimiento del otro encuentren motivos para creer en la Colombia que nos estamos inventando entre todos.

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