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El caso Araújo o el silencio de los inocentes

EL CONCEPTO QUE EMITIÓ LA PROcuraduría en relación con el cierre de la investigación contra Álvaro Araújo Castro y su padre, por el secuestro de  Víctor Ochoa, es por fin una luz sobre este caso atroz.

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En el proceso, los propios Ochoa afirman reiteradamente que ningún papel jugaron los Araújo en ese crimen contra la humanidad cometido por las autodefensas. El desmovilizado Rodrigo Tovar Pupo   lo ha reconocido.

En 2002 Araújo Castro había logrado consolidar una formidable coalición alrededor de su prestigio como Representante durante dos períodos previos. Su elección fue la consolidación de un grupo político con presencia ininterrumpida de más de un siglo en la región.

Su padre fue diputado, representante, senador, diplomático, dirigente gremial a nivel nacional, presidente de la Caja Agraria y Ministro en el gabinete de notables de Alfonso López Michelsen. Y por su tronco materno, Pedro Castro Monsalvo y Pepe Castro fueron elegidos a casi todos los cargos a los que se podía optar en la democracia.

En 2002 hubo un punto de inflexión política: Los grupos MRL y ALAS en los que militan los Ochoa y los Araújo, unieron fuerzas para obtener la victoria liberal que se consolidó. El bloque eligió un gobernador y Elías Ochoa, hermano del secuestrado fue elegido alcalde de Valledupar. Así, con una exitosa gestión de Cámara, altos niveles de simpatía y con el liberalismo unido, Araújo presentó su nombre para el Senado de la República y fue elegido.

Acaso una persona, a los 35 años, con buena imagen, apoyado en una coalición fuerte y dueño de un liderazgo  fresco, ¿necesitaba viajar al infierno, convertirse en secuestrador y crear distritos electorales para ser elegido? La respuesta a esa pregunta es NO. En cambio, ello sí perjudicó sus resultados. Fueron suficientes, pero inferiores a lo presagiado por el Centro Nacional de Consultoría.

Conozco a Álvaro Araújo, es un hombre honorable, inteligente y bien formado. Soy testigo de sus vicisitudes ante los grupos armados; fue de los pocos que tuvo entonces el valor de denunciar. Durante ese proceso electoral hubo intervención del paramilitarismo. Pero Araújo fue víctima de lo que le quitaron, no culpable de lo que valerosamente pudo mantener. Los jueces deben evaluar cuánto es verdad y cuánto es maledicencia política, porque más allá de los afectos o desafectos que despierten, mucho más allá del escándalo mediático, el aparato judicial podría cometer una terrible equivocación que destruiría las vidas de estos hombres y el destino de sus familias. Si la pluma de Enrique Santos Calderón ya advirtió la injusticia, es hora de que quienes escriben y conocen la verdad se pronuncien, porque lo más atroz de las cosas malas de la gente mala, es el silencio de la gente buena.

El secuestrado y su familia lo dicen. La estadística electoral lo muestra. Los testimonios y pruebas también lo dicen. Entonces, ¿con qué argumento justo y razonable puede alguien negar la verdad?  Es muy simple: Álvaro Araújo Castro y Álvaro Araújo Noguera, son inocentes.

* Profesor de la UDES

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