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CADA CONQUISTADOR ESPAÑOL TRAjo en su espíritu el deseo de vivir una aventura. Lo animaba también el deseo de alcanzar el poder y la gloria, dos constantes eternas que todavía subyacen detrás de casi todas las empresas humanas. Trajo además una cultura de siglos, amasada en la diversidad social de su patria, pero unificada en torno a dos símbolos: la espada y la cruz.
Detrás de los símbolos trajo también instituciones. Con cada conquistador llegó al nuevo mundo la vieja institución del municipio ibérico que —como escribió cuatrocientos años más tarde el general Rafael Uribe Uribe— era el monumento más histórico y más genuinamente español que hubiese en la península.
En las constituciones locales del medioevo español existía el germen de un principio democrático, en cuanto se consagraba la posibilidad de convocar al vecindario a Cabildo Abierto, en el cual se deliberaba con toda amplitud sobre los asuntos vecinales y, en general, se decidía por voto directo, como en las democracias clásicas.
Al llegar a la Nueva Granada el municipio entró en contacto con el clan de los indígenas y, de su mutua influencia, surgió una institución provista de singular legitimidad. Los especialistas han señalado cómo ninguna otra institución da una mayor visión sobre el acontecer cotidiano de aquella época en el Nuevo Reino.
El Imperio español violó derechos y consintió abusos. La sociedad colonial era estratificada y funcionaba en términos de un sistema de castas. Pero el municipio se convirtió en lugar de catarsis de las tensiones sociales y de las presiones que pujaban por ser tenidas en cuenta dentro del ámbito local. En ese sentido propició el nacimiento de una nueva dirigencia que, más tarde, se convirtió en precursora de la emancipación.
El escritor peruano Víctor Andrés Belaúnde anotó que España sembró cabildos y cosechó naciones. Es otra manera de decir que, por razones de formación espiritual, la propia península preparó la independencia de sus colonias de ultramar. La insurrección comunera, el Memorial de Agravios, la misma Acta del 20 de julio, trasuntan formación hispana en sus mentores.
Sobre estos tres escenarios tuvo influencia el magisterio de José Celestino Mutis. Es bueno recordarlo a propósito de los 200 años de su fallecimiento. El sabio era monarquista, por supuesto. Pero había aprendido en Suárez a rechazar la teoría del derecho divino de los reyes y en Vitoria que las leyes, “aunque estén dadas por el rey obligan al rey”, en lo que parecería ser un anticipo de Estado de derecho.
Pero, además, el sabio tradujo a Newton, contribuyó a difundir la obra de Feijoo, aprovechó los espacios abiertos desde la metrópoli por Carlos III para ejercer un magisterio científico, el cual fue recogido por sus más aventajados discípulos: Eloy Valenzuela, Pedro Fermín de Vargas, José Félix de Restrepo, Torres, Caldas, el mismo Carbonell, hubieran sido otros sin Mutis.
De allí salió la reforma educativa de Francisco Antonio Moreno y Escandón, en buena medida, inspirada por Mutis. De allí salió la Expedición Botánica como expresión de un pensamiento apto para la investigación. De allí salió importante apoyo a las sociedades económicas de amigos del país.
El siglo XIX trajo consigo el sonido de los revolucionarios franceses. En el Nuevo Reino de Granada comenzó a difundirse el mensaje incorporado en la declaración de los Derechos del Hombre. Pero desde antes los criollos habían aprendido una lección de libertad en la vertiente más progresista del pensamiento español.
Las enseñanzas del sabio se proyectaron sobre una sociedad colonial cuyos miembros avanzaban con más habilidad que rapidez hacia la emancipación. En principio su interés no era romper con la metrópoli sino con el absolutismo. Su famosa proclama —si bien no les gusta a algunos— tiene una connotación libertaria: “Viva el rey, muera el mal gobierno”. Al final tampoco vivió el rey. Pero la línea que guió ese proceso recibió luces de pensamiento cuando cruzó por el magisterio de José Celestino Mutis.
* Ex senador, profesor universitario.