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La plataforma programática que el presidente Iván Duque presentó en campaña hacía énfasis en la recuperación económica.
Esa agenda parte de la base que la desaceleración económica es producto de políticas económicas del gobierno anterior, y propone cambiarlas con una receta ortodoxa conservadora: menores impuestos a las empresas, ampliación de la base de renta y de IVA, menor gasto público y estímulos tributarios para ciertos sectores.
Pero es posible que el diagnóstico no sea completamente válido, y que la desaceleración económica no se deba principalmente a la reforma tributaria de 2015 y al aumento del gasto público, sino que se explica, casi en su totalidad, por el shock petrolero. De hecho, la economía este año crecerá casi tres veces el promedio latinoamericano de 1 %, y entidades como el Fondo Monetario predicen un crecimiento mejor el año próximo. Para el próximo año ya está prevista una reducción del impuesto de renta de casi 10 %, establecido en la reforma tributaria de 2017. Es posible que una parte de la desaceleración se haya debido a la feroz crispación política generada por la oposición, que logró convencer a una parte del país que estábamos caminando hacia la venezolanización cuando realmente se iba hacia el regreso al poder de la derecha.
También es posible que el manejo económico del shock petrolero haya logrado preservar el gasto público social y simultáneamente iniciado la aceleración económica, en parte gracias al aumento del IVA, que fue un sacrificio social grande y contribuyó a la desaceleración.
Por eso puede ser delicado insistir en una receta socialmente tan costosa, en momentos en que las condiciones políticas cambiaron drásticamente. A diferencia de 2017, una propuesta de cambiar el modelo económico para favorecer a los estratos bajos obtuvo una votación altísima. Esa oposición, que podrá ser tan inclemente y efectiva como fue la del uribismo contra el gobierno Santos, se va concentrar precisamente en los temas sociales, y construirá una narrativa política en que la desigualdad será, por primera vez en décadas, una bandera política tan influyente como la de la seguridad o la justicia. Los nombramientos y anuncios económicos del arranque del Gobierno parecen diseñados para facilitarle a la oposición construir una narrativa populista de que el país no se le entregó a las Farc, como decían, sino a los ricos.
Una columna reciente de The New York Times titulada ¿Qué están pensando los capitalistas?, escrita por Michel Tomasky, decía: “¿Quieren menos socialistas? Dejen de crearlos”. Señala que los excesos neoliberales de los últimos años son los que están impulsando el crecimiento del apoyo a políticas socialistas. Que la causa efecto nos pega en la cara de vez en cuando, como cuando los términos del Tratado de Versalles impulsaron el ascenso de Hitler, o los fracasos del keynesianismo en los años 70 facilitaron la llegada del neoliberalismo.
La pregunta clave es si la aplicación del modelo económico ultraconservador va a generar condiciones económicas deslumbrantes, que ganarán el apoyo en las próximas elecciones, o si el costo político de esas medidas será tan grande que le facilitarán la campaña a la oposición de izquierda.
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