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SI UN EXTRATERRESTRE LLEGARA hoy al territorio nacional, y parece que están sobrevolando ya el Distrito Capital, se sorprendería de ver el conflicto permanente en la vida pública colombiana. Millones de personas son desplazadas de sus tierras y miles asesinadas.
Otros compran tierras baratas y el Gobierno les brinda subvenciones, seguridad militar y caminos de acceso. La justicia persigue a los parapolíticos amigos del Gobierno que apoyaron la elección y la reelección del presidente Uribe, mientras movimientos cristianos y el Partido Conservador apoyan la continuidad de un gobierno acusado de corrupción, por ejemplo, en su política agraria. Nóveles empresarios adquieren tierras del tamaño de departamentos para crear agrocombustibles, pudiendo producir los alimentos necesarios para atender a los nacionales indigentes que suman ya ocho millones de personas.
Las contradicciones entre los derechosos depredadores del campo que dicen luchar contra los izquierdosos depredadores del campo, se reflejan a nivel institucional. El alienígena verá paralizada la legislación penal transicional que prometía la paz y percibirá un vacío de poder en la dirección de la investigación judicial, todo mientras los encargados de nominar y nombrar al Fiscal se acusan mutuamente de mentirosos. En esta caótica realidad poco futuro parecen tener las propuestas de comisiones de la verdad, de reconcilaciones entre los grupos armados enfrentados o de legislaciones para hacer más responsables a servidores públicos y partidos políticos.
Al extraterrestre podríamos intentar ofrecerle algunas hipótesis que expliquen el orden del caos en el cual nos ha tocado vivir. La primera es que el principal problema del país, más que de seguridad democrática, es el acceso a la tierra y la justicia agraria. El caso de Robin Hood al revés, con sus compinches el Ministro de Agricultura y su antecesor ‘Uribito’, desnuda esa realidad. La segunda hipótesis, no lejana a la práctica del Gobierno, es que la política en sociedades en guerra se asocia con la teología más que a la empiria. En estas circunstancias es común que la teología política, la lucha entre amigos y enemigos fuera y dentro del Estado, impida el surgimiento del diálogo fundado en argumentos y respetuoso del disenso, así como el progreso científico de la sociedad. En la caótica realidad de la teología política las promesas de salvación nacional y de refundación de la patria dominan el discurso y distraen la atención de los problemas materiales de fondo. Sociedades que han superado la guerra y la confrontación metafísica fratricida, hoy resuelven sus diferencias con palabras y votos, no con tiros y sepulturas.
A nuestro curioso extraño no humano podríamos incluso hacerle un pronóstico. El conflicto, la corrupción y la violencia arraigarán en Colombia hasta que hayamos finalmente superado nuestra mentalidad metafísica y trascendental en la política, la cual comparten cristianos y marxistas. El país necesita más cristianos no fundamentalistas y más marxistas no dogmáticos, más mentes críticas, abiertas y científicas, no dispuestas a sacrificar a una población en pos de perseguir un sueño rodeado de alambradas, ejércitos y minas quiebrapatas.
Al piloto del Ovni le recomendaríamos mirar hacia Noruega, donde se planea producir la mitad de la electricidad requerida por la Unión Europea mediante centrales que generen energía “limpia” a partir de la ósmosis entre agua dulce y agua salada, o hacia Brasil, donde el presidente Lula dialoga con el presidente Ahmadineyad sobre desarrollo y democracia sin necesidad de erigirlos en enemigo de Occidente o enviado del mal.