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EN ALGUNOS CASOS POR RAZONES altruistas, pero generalmente por motivos electorales, el izquierdista pretende ser el intermediario entre el hambriento y la comida.
La tragedia del izquierdista es que si bien suele saber dónde se encuentran los hambrientos (al no saber cómo conseguir la comida) casi nunca logra sus objetivos de intermediación. Las propuestas alimentarias del izquierdista generalmente van en contra de quien produce la comida: abogan por más impuestos y redistribuciones arbitrarias de la tierra mediante reformas agrarias, simultáneamente exigiendo comida barata en las ciudades. Dichas medidas, al desincentivar a los agricultores, lo que de hecho hacen es alejar la comida de la mesa.
Cuando los regímenes de izquierda, por no crear los incentivos y el marco normativo adecuado, no pueden resolver el problema de la comida, a lo que acuden es a la expropiación y a los controles de precio, creando un espiral perverso que aleja aún más la comida de los hambrientos. Lo que en el fondo tratan es de resolver un problema económico con medidas policiales.
Thomas Jefferson, el padre de la democracia norteamericana, de manera sucinta identificó el problema: “Cuando el Estado (Washington D. C.) es el que ordena cuándo sembrar y cuándo cosechar, muy pronto el hambre aparecerá”.
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Durante un período mercantilista en que el oro escaseaba, cuentan que Enrique IV (con la finalidad de no desperdiciar el metal precioso) pasó una ordenanza en que prohibía el uso de oro y joyas en público, tanto para las mujeres como para los hombres. Como era de preverse, la medida no tuvo ningún éxito y sus súbditos siguieron utilizando el oro y las joyas como bien les viniera en gana. A los tres meses, el rey volvió a expedir la ordenanza, pero exceptuando de dicha obligación a los ladrones y a las prostitutas. No se volvió a ver a nadie en las calles con una prenda de oro o una joya.
Se trae a colación la anterior anécdota en relación con las centenares de camionetas llenas de guardaespaldas que se birlan las restricciones de aparcar en lugares prohibidos en Bogotá. Lo que el alcalde Moreno debería hacer es pasar una nueva reglamentación en que exonera de las prohibiciones de parqueo en las calles a los traquetos, a los políticos corruptos y a los magistrados venales —todos ellos llenos de dinero, de pretensiones y de insolencia—. El resultado de la nueva reglamentación puede ser sorprendente.
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Millor Fernández, el genial humorista y dramaturgo brasileño, señala en uno de sus aforismos: “Un apaciguador es un tipo que piensa que, tratándolo con cuidado, un rinoceronte le dará un día leche de vaca”. Aquí en Colombia tenemos un sinnúmero de apaciguadores que piensan sinceramente que el rinoceronte de las Farc va a abandonar sus ambiciones totalitarias y se va a convertir en un convencido demócrata que respeta la vida, la libertad, la propiedad y las opiniones ajenas.
Con el rinoceronte no se negocia, se le derrota… al rinoceronte no se le apacigua, ya que jamás va a dar leche de vaca. Las Farc se encuentran en uno de sus momentos más bajos, acorralados en la selva y con su antiguo prestigio hecho añicos. La culebra sigue viva y Colombia no puede permitirse el lujo de dormirse en los laureles porque la pesadilla no tardaría en regresar.
No se puede olvidar el consejo que aquel que cede en sus principios en aras de la paz, termina sin principios y sin la paz.
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La política del mequetrefe de Rafael Correa de mantener imparcialidad entre el gobierno democrático de Colombia y los narcoterroristas de las Farc, es el equivalente de mantener imparcialidad entre el incendio y los bomberos.