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Investigar, observar, preguntarse

José Fernando Isaza
23 de septiembre de 2009 – 08:54 p. m.

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ALGUNAS VOCES PLANTEAN SI LA INvestigación científica está afectada por la “ley de los rendimientos decrecientes”.

Simón White, del Instituto Max Planck, observa que en el siglo XIX y buena parte del XX, el progreso científico generalmente lo hicieron científicos brillantes que formularon hipótesis y las comprobaron usando información acumulada, con medios modestos. Si se comparan los pocos investigadores de hace 100 años con los actuales, los recursos técnicos y monetarios y los resultados, los disidentes pueden tener razón.

Por supuesto que la tecnología, que no es sólo la informática, es básica para el avance científico. Pero éste se está realizando más en el área de la biología que en las ciencias físico-químicas.

Observar los fenómenos naturales, hacerse preguntas apropiadas, reflexionar sobre ellas, adquirir un conocimiento del lenguaje de las ciencias, la matemática, ha producido grandes avances en la comprensión de la naturaleza.

Limitándonos a la civilización griega y alejandrina, Aristóteles, en el siglo IV antes de nuestra era, sin ningún instrumento diferente de sus ojos y su cerebro, dedujo que la Tierra es esférica, lo hizo observando la sombra que proyecta la Tierra en la luna durante los eclipses. La observación de los veleros que se acercaban a la costa muestra la esfericidad del planeta. Primero se divisaba el mástil, no aparecía inicialmente en el horizonte un pequeño barco completo.

Aristarco de Samotracia dedujo que los planetas giraban alrededor del Sol y que éste era mucho mayor que nuestro planeta. La idea prevaleciente en Grecia era que los cuerpos celestes eran muy pequeños comparados con la Tierra. El sistema heliocéntrico de Aristarco fue desarrollado 1.800 años antes de Copérnico, la trigonometría empleada por aquél era correcta, pero la falta de instrumentos adecuados hizo que los estimativos de tamaño fueran inferiores a los reales; sin embargo, fue un gran avance científico, desafortunadamente olvidado durante todo el Medioevo por prejuicios religiosos.

En el siglo tercero antes de nuestra era, Eratóstenes calculó el radio de la Tierra con una precisión del 99,5%. Vivía en Alejandría y le habían dicho que en Siena, hoy Asuán, durante el solsticio de verano el sol de mediodía no proyectaba sombra, la tradición decía que a esa hora en el agua de los pozos no había sombra alguna. En la Alejandría situada al norte, el sol se encontraba a la misma hora a 7 grados del cenit, esta medida la obtuvo simplemente midiendo la longitud de la sombra de una vara vertical. La distancia de Siena a Alejandría, 5.000 estadios, 782 kilómetros, la calculó contando los pasos que requiere un camello para recorrerla. El valor que obtiene de la circunferencia terrestre es 40.225 kilómetros. Esta medida fue rechazada por contradecir “el sentido común” que creía en un planeta más pequeño. Cuando Cristóbal Colón inició la búsqueda de una ruta al Asia, creía que la circunferencia terrestre era de 25.000 kilómetros, y como ignoraba la existencia de un continente entre Europa y Asia, pensó que con las carabelas podía llegar a Asia. Puede formularse la pregunta hipotética: ¿se hubiera lanzado a esta empresa sin saber de la existencia del continente intermedio, si hubiera conocido por los cálculos de Eratóstenes la distancia de Europa a Asia?

*Rector Universidad Jorge Tadeo Lozano

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