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EN JULIO DE 1953 WINSTON CHURchill, casi octogenario, sugería la propuesta más inesperada: “Proporcionarle al trabajador algo que no ha tenido nunca: tiempo libre. Una semana de cuatro días y tres de juerga”.
Por extraño que parezca, cincuenta años después, en junio de 2004, la Comisión Europea le propone al Parlamento autorizar a los trabajadores y empleadores a celebrar pactos individuales de hasta 65 horas semanales de trabajo.
¿Cuánto tiempo efectivo tenemos para dedicarlo a nosotros mismos? ¿De cuántas horas diarias y días semanales disponemos para gozar de la familia, los amigos, las aficiones o de una segunda actividad placentera (música, deporte, literatura, jardinería)? Descontado el tiempo de desplazamiento entre casa y lugar de trabajo —que en algunas ciudades nos roba hasta tres horas diarias—, lo que queda para el buen ocio es un tiempo vil, marginal. Ya ni siquiera tiene vigencia la humanista idea de la OIT (1919) de tripartir el día en segmentos de ocho horas: de trabajo, de sueño y de aprovechamiento personal (ocio productivo).
Se echa de menos entre nosotros un debate sobre la duración de la jornada de trabajo. Es como si el formidable desarrollo de las fuerzas productivas (habilidades profesionales, tecnología, sistemas empresariales), propiciado por el capitalismo, no justificara repensar la jornada de ocho horas diarias, 48 semanales y seis días de labor, canonizada hace noventa años. Algo han logrado los servidores públicos con la reducción de su jornada a 44 horas y cinco días a la semana. Mucho mejor la de 40 semanales en algunas universidades oficiales.
Compararnos con quien está en una posición mejor siempre es inevitable: España garantiza 40 horas con día y medio de descanso continuo a la semana, Bélgica 38 y Francia es un paraíso en el que los trabajadores sólo tienen que sudar su frente 35 horas semanales. No muy lejos de aquí, Chile, en 2005, rebajó a 45 horas su jornada semanal y Venezuela la mantendrá en 44 (por mandato constitucional) hasta el 1º de enero de 2010, fecha en que, según anuncio del gobierno, será apenas de seis horas diarias y 36 a la semana. La propuesta de la izquierda francesa batió el récord: seis horas diarias y cinco días a la semana.
Sin llegar hasta la utopía de Marx, quien en la Crítica al programa de Götha profetizó una minijornada de dos horas diarias (el resto dedicado a la gozosa creatividad), podría ser viable y realista una reducción de la nuestra en varias horas y redistribuirla en menos días. Las dificultades que para lograrlo nos impone la exigente competitividad global quedarían superadas con el mejoramiento de la productividad laboral y la creciente absorción tecnológica. Por lo demás, la diferencia de jornada entre sector público y sector privado desiguala injustificadamente en contra de quienes muestran mejores índices de rendimiento.
Tal vez sea cierto aquello de que el trabajo nos hizo humanos (“dignifica al hombre”), pero también lo es que el ocio productivo y creativo nos hace mejores seres humanos. Si el buen descanso no encerrara virtud en sí mismo, Fray Luis de León no lo hubiera ponderado cantándole así: “Qué descansada vida/ la del que huye del mundanal ruido,/ y sigue la escondida/ senda por donde han ido/ los pocos sabios que en el mundo han sido!”.