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La huelga general, convocada por la temida Central Obrera Boliviana ante las políticas sociales y salariales del gobierno, es uno de los más fuertes desafíos que ha enfrentado el gobierno de Morales, que no han sido pocos.
Una revuelta separatista en las ricas provincias de la Media Luna, liderada por Santa Cruz, hace un par de años, que aún no ha encontrado una solución de fondo y que en cualquier momento podría una vez más estallar en una crisis con los Estados Unidos por acusaciones de intromisión en asuntos internos y otras.
Pero sin lugar a dudas el actual enfrentamiento entre la COB, que aglutina el principal apoyo que ha tenido Evo para llegar y mantenerse en el poder, señala el fin de la luna de miel entre el gobernante de humilde origen indígena y sus miles de simpatizantes en los estratos económicos más bajos.
La COB tiene un largo historial de militancia en el pasado reciente de Bolivia, desde la lucha contra las dictaduras de los años 60 y 70, pasando por ser el baluarte de la oposición a la explotación privada y multinacional de los recursos energéticos del país, hasta el derrocamiento de los presidentes Carlos Mesa y Gonzalo Sánchez de Lozada.
Guardadas las proporciones, este enfrentamiento es similar al que tuvo el presidente venezolano, Hugo Chávez, con los trabajadores de Pdvsa y que concluyó con la disolución por la fuerza del sindicato, previa militarización de las instalaciones de la petrolera venezolana. Al igual que su par en Caracas, el presidente Evo acusó a Estados Unidos, en cabeza del Pentágono, de estar detrás de las marchas obreras que ya han dejado un manifestante muerto.
En el trasfondo del conflicto entre la COB y el gobierno del país más pobre de Suramérica, está una vez más la imposibilidad de disminuir las agudas desigualdades sociales y mejorar el estándar de vida de la población a través de políticas económicas que han fracasado.
Privatizaciones, nacionalizaciones y restricciones a la inversión extranjera pueden sonar bien para la galería, pero en la realidad actual de la globalización y apertura de mercados no sólo no resuelven los problemas sociales de pobreza y desigualad, sino que los exacerban y retrasan en años la posibilidad de llevarlos a buen término. El presidente boliviano, poco dado a conciliar con sus opositores, seguramente resolverá la actual crisis, pero las semillas de un estallido social más amplio están sembrándose.