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GONZALO ARANGO HIZO CÉLEBRE aquella sentencia de Cochise el ciclista, que aseguraba que de lo que más se muere la gente aquí es de la envidia.
Juan Carlos Botero contó en una columna en El Espectador que Juan Manuel Santos había traído hace unos años a Michael Novak que dijo que el peor problema de Colombia es tener una esencia de envidia. Pérfida emoción que hace sentir sufrimiento por el bien ajeno y combatir a todo aquel que ha hecho bien las cosas. Este es el peor motor porque lejos de impulsarnos impide luchar, nos hace desistir y desperdiciar energía en denigrar de quien consideramos enemigo por tener algo de lo que carecemos.
La envidia es un resentimiento, un inútil esfuerzo de cifrar en otro lo que puede buscarse a favor de sí mismo. Dirige en contra de alguien el interés y la energía personal en lugar de crear algo propio. La envidia multiplicada por una sociedad entera que la siente, tiende a hundirla e impide que haya emulación social; en cambio hace luchar aguerridamente para que a otros no les vaya bien. En esto se basan las riñas y violencias que vuelven nuestras estadísticas un punto rojo en el mundo.
¿Qué tiene de envidioso un tahúr, un empedernido jugador incapaz de perder, alguien que prefiere la trampa, que escoge timar y que incluso acude al juego sucio antes de reconocer que otro tiene algo de lo que él carece? Debe tener una envidia de fondo que le pesa y que lo hace estar en deuda con lo que ese otro tiene.
Dentro de los que están en este juego de ser elegidos, este mismo candidato que trajo a Novak, ha mostrado su incapacidad de mantenerse en su línea y prefiere cambiar las cartas así arriesgue lo que tiene en la mano. Y por eso busca acompañarse de otro pérfido consejero, otro más porque ya tenía uno que lleva ocho años susurrando al oído del príncipe, posesionado en la envidia y acudiendo a las mañas para mantenerse en el poder. Empatan pues en una misma campaña dos productores de insidia, de rumores y sospechas que envenenan el ambiente, el aire que se quiere renovar.
Por envidia y por tirarlo todo a la jura (cambio mi vida, juego mi vida, de todos modos la llevo perdida…) es posible reconocer esta mentalidad de apostadores, de convencidos de que la suerte decide el destino con un completo desprecio por el esfuerzo, por un correcto intento de adquirir algo con métodos indicados. Ahora tenemos a la luz los oscuros dispositivos usados para tratar de ganar y de mantener un poder al que se accede como trofeo sin comprometerse a entregar a cambio una transformación, con capacidad de intentar, con decisión de implicarse a fondo.
Son impredecibles las semanas que siguen con tantas cosas en juego. Es bueno que no haya euforias ni depresiones que reemplacen la lupa de un ojo crítico en este momento en el que puede barajarse lo que parecía estático para siempre. Es de esperar que haya provocaciones y desvíos para tratar de distraer a quienes están en serio en la contienda. También es indispensable que se dé una incuestionable movilización de miles que hasta ahora han estado por fuera en un cambio que nos concierne. Si el hastío de lo requetesabido es suficiente motor y la envidia deja de ser el impulso negativo que nos hace actuar únicamente en contra y no a favor de algo, tenemos que escoger donde confiar y poder comenzar una construcción. Y por esta vez ensayar a no ceder a la inercia antes de intentarlo. Sin envidias.