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Las cifras de muertos la validaban. Hoy han bajado las cifras de las víctimas asesinadas por su actividad en defensa de los derechos de los trabajadores, pero siguen siendo las más altas en el mundo. De allí que tenga lógica que no se pueda premiar a Colombia con la dirección de la Organización Internacional del Trabajo, siendo uno de los países que más violan los derechos laborales, pero también los derechos de los pueblos indígenas y afrodescendientes.
El problema es estructural. Se apoyó en una mentira empresarial mil veces repetida, que decía,”la crisis de las empresas es culpa de los sindicatos”, con lo cual se justificaron cambios regresivos en la legislación laboral que abrieron la puerta al libre mercado. Pero como la resistencia sindical fue grande, se pasó a hablar de un sindicalismo armado y se avanzó en lo que conoció como la criminalización de la protesta social. Luego de décadas de golpes que llevaron a una brutal disminución de la sindicalización, el mayor apoyo a los trabajadores sindicalizados de Colombia provino de los sindicatos de Estados Unidos, quienes en defensa de su puesto de trabajo, impusieron que el gobierno colombiano firmara con el de Estados Unidos, un Plan de Acción dirigido a garantizar los derechos laborales básicos, como condición a la firma del TLC.
En la misma semana que este gobierno se comprometía a cumplirlo, una de las grandes Cajas de Compensación Familiar, dirigida por representantes de los empresarios, del gobierno y supuestamente de los trabajadores, despedía masivamente a quienes intentaban construir un sindicato. Obviamente, estas y otras violaciones al Plan, nunca fueron detectadas por los acuciosos observadores gringos.
Por eso hay que reconocer que la jugada del gobierno con la candidatura del vicepresidente Garzón a la OIT, es a varias bandas. Se quita de encima un sirirí que le genera ruidos internos, de alguien a quien utilizó para mejorar su imagen, pero que luego se creyó con derechos a aspirar en la carrera de la sucesión presidencial. Con esto le embolata de paso la fundación de su partido de centro, con la habilidad de hacer aparecer todo como un premio, al cual deberá corresponderle con la obligación de continuar mejorando la imagen del gobierno, ahora en el mundo de las difíciles relaciones internacionales entre el capital y el trabajo. Al mismo tiempo, logra el apoyo de la CELAC liderada por gobiernos progresistas y de izquierda, quienes ven con mayor simpatía una candidatura como la de Angelino, que la que propone Sarkozy. Queda flotando la tercería de un sindicalista inglés, por ahora de bajo perfil. Pero también divide más al sindicalismo colombiano, entre los “buenos” que prefieren un amigo en el poder, descalificando por “su poco amor a la patria”, y dale con el amor, a los que independientemente de la figura de Angelino, consideran que esta elección implicaría un alto riesgo para la dura y larga lucha por la exigencia de los derechos laborales y garantías al derecho a la vida de los dirigentes y activistas sindicales.
La carrera de obstáculos del vicepresidente, no dejará de ser objeto de estudio. Bonapartista en su proyecto, es decir apostar a gobernar por encima de las clases ganándose a los líderes de ambas partes, como estrategia que diluye la lucha entre ellas y lo coloca a él, como único árbitro permanente. Centrista en su discurso, posibilista a la hora de actuar, y pragmático consecuente para aprovechar oportunidades personales. Y no hay que dejar de reconocerle que es un experto equilibrista, porque hasta ahora, siempre cae parado. El problema es que hoy juega en las grandes ligas del poder, donde los cobros son implacables.