Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Algunos miembros del Centro sobre Capitalismo y Sociedad de la Universidad de Columbia enviaron recomendaciones a la reunión del G20 celebrada en abril. Para abrir más puestos de trabajo, yo propuse que los gobiernos crearan un tipo de bancos que cultivaran el perdido arte de la financiación de proyectos de inversión en el sector empresarial: el tipo de financiación para el que los antiguos bancos “mercantiles” eran auténticos expertos hace un siglo. También reiteré mi apoyo a una subvención para las empresas que mantuvieran el empleo de los trabajadores con salarios bajos. (Singapur adoptó esa idea con resultados envidiables).
Para proteger los bancos comerciales de los riesgos que de nuevo podría correr su solvencia (y, además, la de todo el país), Richard Robb propuso que se aplicara un pequeño impuesto a las deudas a corto plazo de los bancos para que no cayeran en un endeudamiento excesivo. Amar Bhide propuso que los bancos comerciales volvieran a la banca “estricta”. Si lo hiciesen, no podrían pedir préstamo alguno.
Sin embargo, a pesar de toda la acción de política y debate desde entonces, ninguna de las sugerencias ha sido adoptada por los países del G20. Su énfasis ha estado en medidas contracíclicas para moderar la caída. Dicha moderación, tomada de manera independiente, es bienvenida, por supuesto. Pero estas medidas pueden estar demorando la recuperación.
Mucho del “estímulo” fiscal a los consumidores hace que las compañías mantengan a los trabajadores por un tiempo mayor en lugar de liberarlos a industrias competitivas de exportación e importación que se están expandiendo. Mucho del estímulo a los dueños de finca raíz está sosteniendo precios de vivienda en niveles insostenibles. Esto está desacelerando la absorción en la economía de recursos excedentes en la industria de la construcción. Otra ronda de estímulos globales una vez que la caída ha terminado —o está cerca de terminar— empujaría entonces las tasas de interés globales hacia arriba y la inversión hacia abajo.
Las iniciativas gubernamentales para reconstruir la “infraestructura” —reemplazar la disminuida inversión privada con inversión estatal en salud, control climático y conservación energética— no tienen ese efecto. Pero como medio para la generación de empleo hay preguntas por resolver. La inversión privada se sostiene en la innovación privada, que renueva las buenas oportunidades. Pero ¿las buenas oportunidades para la inversión estatal también se renuevan? ¿Podrían las incertidumbres que surgen de entrar en tan desconocido territorio demandar un “peaje” serio a la inversión privada?
Los gobiernos se deben despojar de la ilusión de que la recuperación plena es apenas asunto de oprimir unos botones. Comenzando con las asombrosamente innovadoras economías que florecieron en el siglo XIX, el verdadero y ya probado método para lograr gran prosperidad —con una amplia oferta de atractivos y desafiantes empleos— ha sido un sistema de empresas innovadoras en el sector productivo.
Lo que los gobiernos deben hacer es “estimular” una economía innovadora, no vías sin fin, energía eólica y otros proyectos de construcción. La mejor vía para detener la caída es reestructurar la economía de tal manera que se recupere hasta un nuevo nivel “normal”, y más alto.
Este diciembre, el Centro sobre Capitalismo y Sociedad se reunió en Berlín. El encuentro pretendía buscar maneras de modernizar y apuntalar complejas y tambaleantes economías para que tengan el dinamismo que les permita generar alta prosperidad —plenitud de empleo y amplia satisfacción laboral—.
No todos los instrumentos para crear dicha prosperidad se conocen, por supuesto. Pero muchos sí. Es bueno tener un sector bancario controlado por una diversidad de astutos financistas capaces de reconocer, y prestos a financiar, proyectos innovadores de inversión. Es bueno tener un sector productivo cuyos accionistas no estén presos de ejecutivos autocomplacientes.
Con todo, el alto dinamismo genera un problema. Los mercados, poblados por meros seres humanos, tienen dificultades para identificar dónde están las oportunidades de inversión gananciosas. El conocimiento de una compañía sobre los resultados futuros de un nuevo negocio es imperfecto, por decir lo menos. Y cuanto más innovador el negocio, más imperfecto es cualquier entendimiento anticipado de su potencial resultado.
El conocimiento de un inversionista sobre el resultado de una decisión de comprar este o aquel activo, financiero o real, es igualmente imperfecto. Además, lo que otros piensan —particularmente, lo que los rivales están haciendo— puede tener un efecto en los resultados de una decisión, y mucho de lo que otros entienden y planean es privado y, por lo tanto, inaccesible. De manera que el dinamismo de la economía depende de mucha gente dispuesta a actuar sin importar el poco conocimiento que tienen.
Aquellos que, en la conferencia de Berlín y en otros escenarios, buscamos reconstruir las economías en aras de un mayor dinamismo, tenemos que hacerlo con la conciencia de estas realidades económicas. Los mágicos poderes del mercado son limitados. Por fortuna, existen algunos preceptos de política que indican que los gobiernos harían bien invirtiendo su capital político si quieren renovar la innovación y su concomitante prosperidad.
Un precepto honrado en el tiempo es evitar sacudir la confianza inversionista sin necesidad. Cuando John Maynard Keynes fue a ver al presidente Roosevelt en las profundidades de la Depresión, recomendó moderar la retórica gubernamental antinegocio. Sin embargo, los gobiernos también deben evitar llenar los negocios con un exceso de confianza, que los puede tentar a elevar los márgenes y golpear las ventas.
Recuperar un capitalismo que opere bien puede ser una inclinada montaña para coronar. Pero hay razones para creer que está a nuestro alcance.
* Premio Nobel de Economía en 2006, director del Centro sobre Capitalismo y Sociedad de la Universidad de Columbia.