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En las hojas de mi pared hay relatos, personajes conocidos y desconocidos, y mezclas de unos con otros. Hay personas del hoy y del ahora a quienes nombro como me parezca, con quienes puedo jugar como me plazca y hacerlos amigos o enemigos según se me antoje. Hay amores, odios, bondades, rencores y venganzas. Hay piratas, hay mafiosos y psicópatas, escritores, sacerdotes, guerrilleros y políticos, y muchos y variados ladrones. Hay tachones, correcciones, flechas, palabras subrayadas, frases reteñidas y, sobre todo, contradicciones, porque de contradicción en contradicción voy llegando a conclusiones de hierro, como que esas hojas escritas y tachadas y mil veces reescritas y retachadas serán una obra, y que mi obra será lo que quede de mí.
Por la obra, que son las hojas de mi pared y las que he ido arrancando de allí para guardar en cajas ya bastante destartaladas, voy por la vida en estado de escribir, que es, en estado de descubrir, de palpar, de tomar, dudar, interrogar, buscar, luchar, errar, acertar y continuar. Por la obra, con la obra, me aferro mágicamente, lo sé, a la mágica idea de que sólo ocurre en la vida lo que escribo de esa vida, y que lo demás es viento. Por eso me pregunto todos los días cómo podrán plasmar una idea, un recuerdo, quienes no escriben, y cómo podrán soportar el tedio del día a día siempre igual a aquellos que no tienen otro proyecto distinto del escuela-universidad-trabajo-hogar-jubilación que nos ha impuesto la sociedad.
También me pregunto todos los días si en el fondo yo no soy otra cosa que las hojas de mi pared, unas escritas, otras a medio escribir, otras tachadas y alguna, en blanco.