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Fantástica es ciertamente, la melodía que abraza la indómita inspiración cuando de bailar con la “Heroica de Colombia” se trata. Fantásticos son sus curvilíneos encantos y ese perfume embadurnado de arena, garbo y, un particular incienso hemisférico que solo ella transpira.
Pero, al ritmo fantástico de Cartagena, no solo danzan las notas musicales, ni las claves que, liberadas del pentagrama, anuncian a los oídos de la cultura, la seductora intromisión de las más exquisitas y refinadas sensaciones, aromas, costumbres y radiantes percepciones; también entre líneas y espacios, se cuelan aquellas sinfonías quizá algo “estridentes” y sin dirección alguna, que manan de otra “orquesta” que también ameniza el entorno de la apoteósica ciudad: la pobreza. Aquella asentada en mil y un puntos “ocultos” tras el primoroso y cautivador maquillaje de la Cartagena turística.
Organizadora de festivales menos ampulosos y cultos, de reinados menos artificiales y voluptuosos; pero ávida de ilustración, no tanto de epicúreas siluetas, estivales y “canutillados” trajes, ni mucho menos, exorbitantes, inestables y “punzantes” coronas.
Una heroica menos desarrollada, menos optimista, pero igual de homérica. Una ciudad puesta sobre la marcha no del piano, sino de la “champeta”, la magia de la barriada y el barniz caribeño; el compás haitiano y el “lumbalú” de San Basilio de Palenque. Consolidando autóctonas esencias sonoras, no de la talla de “jazzistas” como Prutsman, sino de aquellos pregoneros de la “terapia criolla” como Charles King, entre otros pioneros de la revolución musical afrocolombiana.
Imponiendo sensuales estilos y narraciones fantásticas en torno a los protagonistas y legatarios de la guitarra, el reggae, “la soca”, “el calipso”, la salsa y, las grandilocuentes voces de todo cuanto se apropia de la excepcional cultura idiosincrásica de la “champeta”. Melodiosas “fábulas” que se remontan desde décadas atrás, extendiendo sus dominios hasta el día de hoy.
De tal modo pues que, ni las máscaras engañosas de la opulencia y la extravagancia de la Cartagena colonial y turística, ni tampoco el disfraz de aquellos viscosos hechos políticos y frívolamente diplomáticos, van a poder ignorar ni disimular jamás, las artesanales “piezas teatrales”, ni los agónicos “performances” de aquél inmenso, marginado, vapuleado y vergonzosamente desheredado… sector de nuestra amada Cartagena.
Así las cosas y, ad portas de cumplirse el primer aniversario de la fabulosa iniciativa que por parte de El Espectador le abrió el telón a aquellos anónimos que han anhelado ver publicados sus párrafos en un ámbito de su protagonismo y trascendencia; y, la que se cristalizó gracias a alguien que, estimulado justamente por la orquesta de Cámara Orpheus (orquesta sin director), abonó el terreno para la obertura de literatos incógnitos; hoy, quiero rendirle el homenaje que siempre merecen aquellos valiosos cartageneros humildes y laboriosos que engalanan a la fantástica urbe con su trabajo, lealtad y gran honestidad. A ese inmenso y marginado territorio no plagado de violencia y nidos delincuenciales, sino de ciudadanos esmerados y, con ganas de resurgir.
Homenaje que hago extensivo no en esta oportunidad a los Cuartetos de Cuerdas Borodin soviético, ni a las hermanas Labéque francesas, ni al bandoneonista gaucho Mederos, sino a todos aquellos artistas de lujo que enarbolan la tradición de la “champeta”; íconos africanos y de palenque, magistrales bailarines en su talento y elasticidad, fuertes y desbordantes.
Grandes rasgos de aquellos amantes de ritmos fantásticos al son de contagiosas voces, contundentes baterías, bajos, congas y sintetizadores destellantes.