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Cuestión de mayorías

Antieditorial
07 de septiembre de 2014 – 10:00 p. m.

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Interpelando algunos criterios esbozados al final del editorial del 18 de agosto pasado, creo que existen suficientes motivos para “someter a consulta” la suerte existencial de la “fiesta brava” en la ciudad.

Concurren argumentos respetables, en su mayoría, tanto en pro como en contra de abolir el colorido y sacrificado espectáculo en la arena, que deberían estimular en el consciente (y el subconsciente) colectivo la imperiosa necesidad tanto de hacer una evaluación más ponderada y meticulosa del asunto, como de permitir que sea la ciudadanía en pleno la que se pronuncie mayoritariamente sobre el particular. Justamente, para evitar que la decisión recaiga en una sola persona o la sentencie un reducido número de ellas. La trascendencia del conflicto de posturas así lo demanda. Sí, las minorías tienen derecho, pero en la justa medida en que las mayorías lo avalen y toleren. Sin el beneplácito de estas es inconcebible la “viabilidad” de las primeras. Es un principio “razonable” y humano.

Usualmente no hay espacio para que el imperio y religiosidad de las mayorías proporcione y establezca armónicamente, junto con las minorías, parámetros de comportamiento. Menos aun en espacios limitados. Las perspectivas de las primeras necesariamente anulan los propósitos de las segundas. Es decir, las minorías pueden coexistir con las mayorías, en la medida en que no interfieran con sus preferencias y hábitos. Se torna imperioso, entonces, resolver en este caso a favor de una u otra postura. El alcalde tomó partido por la que, considera el suscrito, es la más sensata. Respetando aquellas que lo contradicen.

Pero, ¡vaya si hay que hilar muy delgado en el pulso entre perpetuar o erradicar la tauromaquia! Ernest Hemingway en su magnífica obra Muerte en la tarde (1942), desglosa al detalle el magnetismo fantástico inherente “y detrás” de la lidia. Con un denodado y envolvente estilo, procura ser además objetivo y explora también los argumentos que censuran la legendaria tradición ibérica. Concluyendo, luego de una disertación y narración exquisita, que la fiesta taurina resulta excepcional y hasta necesaria. Pero para llegar a esa conclusión, insisto, el camino por el que el nobel lleva al lector a través de la excelencia de sus manufacturadas líneas, “áridas” y densas muchas veces, termina seduciéndolo y aplacando “con gran lidia y efectivos banderilleros” cualquier impresión tendiente a condenar la sangre que brota desde el ruedo. No la justifica, ni la exalta mucho menos; simplemente, rebasando un extraordinario calado de argumentaciones y envolventes vivencias personales, refuerza hidalgo la tesis y equilibra magistralmente la balanza de “torero vs. toro”, entre otras huestes e intrincados propios de la afamada y polémica “becerrada”.
A pesar de todo, y tras haberme capturado y persuadido Ernest hasta cierto punto y, en algún momento de mi vida, empezar a aplaudir nuevamente… yo censuro hoy las corridas de toros.

Sí, el toreo es una tradición. Sí, la plaza fue concebida para un fin. Sí, para muchos enamorados es un arte fantástico. Sí, Hemingway talla orfebre y estupendamente una obra que ordinariamente acaba seduciéndolo a uno lo indecible, queriendo fundirse por completo en ese mundo candente y “cinematográfico” como puede llegar a ser el de la lidia; oler y dejarse abrazar (y abrasar) por esa fastuosa arena “grecorromana”, donde se blanden a espada (y cuerno) la vida y la muerte. Sí, “el derecho al trabajo, el entretenimiento, etc.”; pero sí, también, a que las mayorías se pronuncien. Y, para entonces, ojalá esa mayoría represente a quienes decimos “¡Sí, al animal se le inflige un martirizante e inaudito dolor!”. Sí, que cese “la fiesta brava”.

Por encima del lujoso y maravilloso “capote” de Hemingway, la destreza de sus verónicas y la orgullosa tradición peninsular.

Fernando Carrillo Virgüez *

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