¿Equivocamos responsabilidades?

Antieditorial
20 de mayo de 2018 – 09:00 p. m.

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Por Rafael Chavarro Medina

Se ha extraditado al eslabón más débil dentro de la escandalosa cadena de corrupción que conmovió una vez más a Colombia. Y pareciera que el calificativo endosado en el editorial de El Espectador (“La justicia en deuda”, 18-05-18, “La extradición de Luis Gustavo Moreno, el infame exfiscal anticorrupción que está en el centro de uno de los principales escándalos contemporáneos en Colombia”) coincidiera con una mayoritaria opinión pública de que este hombre joven, de extracción social popular (nacido en Barranquilla, criado en Valledupar), de figuración pública igualmente secundaria y sin acceso directo a las grandes decisiones judiciales de las altas cortes, fuese el artífice, el ideólogo, el ejecutor de esas maniobras complejas, osadas y de altísima curia jurídica que beneficiaron —o estaban en trance de hacerlo— a encumbrados personajes de nuestro zoológico nacional.

Luis Gustavo Moreno, un abogado joven y de manufactura académica reciente (2007, Universidad Libre de Barranquilla), que creyó encontrar el rastro mortecino de la gran luminosidad del éxito, en una sociedad obnubilada por los peldaños sociales, económicos y políticos y dispuestos a recorrer los caminos más tortuosos y condenables para conseguirlos.

Un hombre joven de provincia, que tuvo la fortuna de acercarse a los grandes momios de los altos tribunales de este país, de ser recibido y cultivado con cautela por ellos, pero con pésimos designios y que, sin advertirlo apenas, se vio llevado a tramitarles sus delictuosas maniobras económicas, hoy sale extraditado para perderse en el camino de podredumbre del cual ellos, los Grandes Jerarcas de nuestra justicia, estarán excluidos y salvados.

No pretende justificarse que un aprendiz del derecho y sus minucias, un beneficiado de la sociedad por cuanto alcanzó los estrados universitarios y los altos escenarios judiciales, incurra impunemente en delitos tan graves, pero sí podemos detenernos un instante y comprobar aterrados que esa débil luz que debió guiarlo desde el hogar sencillo de otro abogado, su padre de reconocida rectitud en Valledupar, fue opacada con violencia irreductible por los reflectores del éxito fácil que le propusieron esos altos magistrados, quienes por serlo minimizaban ante sus prejuicios elementales la gravedad de esos ejercicios ilícitos e inmorales a que indujeron a esta víctima de sus malas artes, anestesiada probablemente por la eminencia de estos arúspices que —como en un cuento de hadas y logros impensables para el común de los noveles abogados colombianos— le conferían la gracia del colegaje y le prometían un paraíso inmediato de logros, figuraciones y fortuna.

Con esta extradición, la sociedad colombiana sentirá que se ha hecho justicia e iniciará el camino del olvido. Pero no se ha reparado nada. No hemos comprendido nada y los gestores de este desmadre moral, los que de verdad tienen las claves de la perversión a que ha llegado nuestra magistratura, continúan allí, casi intocados y a la espera de un poco de tiempo para reiniciar el proceso, llevando al abismo esa justicia colombiana que en sus manos derivó a frágil y negociable.

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