Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
/
Los resultados hablan por sí solos: Enrique Peñalosa en Bogotá D.C., Federico Gutiérrez en Medellín, Maurice Armitage en Cali, Manuel Vicente Duque en Cartagena, César Omar Rojas en Cúcuta, Guillermo Alfonso Jaramillo en Ibagué, nombres de ganadores en las pasadas elecciones: regla de las mayorías en un democracia electoral (mitad más uno).
¿Qué efectos tiene la ausencia de una segunda vuelta?, se preguntaron en el editorial.
¿Para qué segunda vuelta?, se puede contrainterrogar en el antieditorial. ¿Por qué se piensa que introduciéndola institucionalmente se resolverían las cuestiones relativas a la gobernabilidad, se fortalecería el ejercicio ciudadano y sería una ganancia democrática? Podemos empezar señalando que la objeción no es necesariamente de los costos que conllevaría como argumento fuerte, según señalan descalificando de entrada una postura contraria a la de la línea editorial.
Hay argumentos que pueden oponerse a las posiciones en relación con voto útil o inútil, encuestas y encuestadoras y alianzas partidistas (sobre todo porque no se tienen evidencias empíricas de lo aseverado, estaríamos en el campo de las suposiciones y el referente presidencial genera más oscuridad que claridad).
El votante vota, es el principio teórico básico. Su decisión al momento de votar está mediada por muchos factores que conllevarían frente a la X que marca: adhesión, rechazo o indiferencia. Esto no necesariamente cambiaría con el paso de muchos a los dos que quedarían. Máxime cuando los partidos parecen no existir, los programas no se ventilan y todo se reduce en medio de debates a responder preguntas concretas a problemas concretos. Ahora, nunca se ha visto un titular que mencione el triunfo o la derrota como consecuencia del voto inútil (que puede ser el reverso del castigo, dependiendo de donde se analice).
Las encuestas y las encuestadoras es otro cuento democrático. Ni para qué hablar de ellas ya que el problema está en que hacen parte de un régimen constitucional y legal al servicio de los intereses electorales de congresistas. Además el show está ligado a los grandes medios que las vuelven vedette en sus análisis, no se sacuden de ellas y las promueven volviendo todo estadística, se magnifican frente a votantes cuya única información para su decisión es la foto y el porcentaje, y su efecto real no se ha medido aún.
Políticamente lo de las alianzas se traslada a un escenario poco real. Esas se hacen con los que integran las corporaciones públicas. Es allí donde se juega normativamente una parte de la democracia al concretarse la aprobación del programa de gobierno, su traducción en el plan de desarrollo y en el impulso a políticas públicas.
Ahora, la propuesta que hacen, que hasta ahora no sale como discusión entre analistas políticos, cae en la reiterada reformitis como remedio contra todo mal en un pobre país que busca desesperadamente las instituciones salvadoras a las que siempre se les encuentra la grieta. Ya pasaron las elecciones, es hora de gobernar.