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No debe satanizarse la formación en casa

Antieditorial
29 de junio de 2020 – 12:00 a. m.

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Por Johan Fernando Aza Rojas

En respuesta al editorial del 24 de junio de 2020, titulado “El maltrato no es educación”.

Al parecer, cuando se habla de educar a los niños y jóvenes del país, todos son eruditos en el tema, tal como sucede con el fútbol y los directores técnicos.

Es inaudito ver cómo los “expertos” se sorprenden cuando un padre corrige acciones irrespetuosas de su hijo y afirman que lo están vulnerando y lo van a dejar afectado de por vida. ¿No deberían sorprenderse o preocuparse más de la alta cantidad de niños que están delinquiendo en las calles, por ejemplo? En Bogotá, según cifras del Concejo distrital, son aproximadamente 60.345 los niños arrestados por la policía desde el año 2006 y no tienen ninguna posibilidad de corregir su camino por falta de acciones educativas.

Por otro lado, olvidan que la formación que reciben los niños en sus casas es fundamental, porque allí aprenden hábitos de limpieza, cortesía e incluso empiezan a formar su carácter crítico; luego se presentan esas situaciones en donde un estudiante insulta e incluso agrede a sus compañeros o profesores, y la conclusión de estos “expertos” es que les faltó disciplina desde la casa, ignorando que gracias a su defensa férrea de la libre expresión es que un libro como el Manual de urbanidad de Carreño, con sus errores claro está, ya no es un libro educativo, sino una tira cómica.

Entonces, no es factible asumir posturas camaleónicas o populistas frente a este tema, porque, por un lado, los expertos piden que los niños sean mejor educados y, por otro, que la libre expresión sea defendida sin descanso. Preguntaría cómo es posible que un niño comprenda el límite entre sus derechos y sus deberes si ahora los primeros formadores no podrán cumplir con una responsabilidad que les asigna la Constitución y las leyes, sino que ahora serán, exclusivamente, unos sostenedores económicos o, por el contrario, al no poder formarlos tampoco estarán obligados a mantenerlos y será el Estado el que asuma todas esas responsabilidades.

Asimismo, bajo qué moral puede intervenir el Gobierno en la privacidad de una familia cuando de educación se trata, si es frecuente que los niños perciban las atrocidades que se cometen desde allí, ¿o es que acaso la corrupción, el deficiente presupuesto para el desarrollo educativo del país, las constantes violaciones físicas y emocionales por parte de agentes del Estado no son una calamidad mayor y más grave? Con lo anterior no quiero decir que vulnerar físicamente o usar la violencia desmedida sea el camino acertado para educar a los niños del país, pero no debe satanizarse tampoco cualquier acción bien encaminada que busque corregir a un niño, porque como lo dice Pitágoras: “Educa al niño y no tendrás que castigar al hombre”. En conclusión, para definir este tipo de normativas, debe analizarse desde el contexto y no desde el escritorio, como pareciera que lo hacen los grandes “expertos”.

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